jueves, 28 de julio de 2011

Canto a mí misma (u oda a Walt Whitman)




Con uno sólo de mis dedos
rompo el muro de la noche”*
rasgo el canto del mundo.

Mi boca no basta para sanar.
 lianas venenosas que se esconden en mi boca
me impiden emitir cualquier orden o súplica.
 Nada hay que rompa el círculo,
que frene la procesión solar.

¿Con qué voz debo  pedir perdón a esa luz trágica
 a esa pálida luz que se ha eclipsado de tus ojos,
a ese resplandor nuclear
que se oculta en nuestros huesos;
se vuelve piedra, nos vuelve cal?

¿Dónde encuentro esa voz de puta,
esa voz de mártir para vaciar el odio,
para partir la sangre en dos?

Cazo palabras,
persigo ese mar efímero,
corro detrás de ellas para ahuyentar la nada,
para no ver  la corrupción de la memoria.
Pero  sé que ningún llanto,
ningún desgarro,
ningún grito coloreado de sombra,
basta para matar la soledad,
para hallar en la penumbra
el vestigio de lo humano.

*Raúl Garduño.



orquidea psicopata

Nostalgia

 
La poesía no escurre de mi boca.
Antes era nardo,
hoy  nidos de avispas reposan en mi frente
arañas se mecen despacio en mi cabello.

orquidea psicopata

La catrina, de José Guadalupe Posadas.

sábado, 16 de julio de 2011

El mercado



El suelo del mercado se me ofrece como una trampa al paso. La lluvia, el lodo y  la sangre que escurre desde algunos puestos, transportando una colación de vísceras,  se mezcla con las frutas y forma una costra poli cromática.
Un olor a azúcar tibio y pescado fresco azota mi nariz. Observo a estas mujeres que yacen recostadas como nances, esperan, amarillas. Se tienden en la majestuosidad de sus bordados, se maquillan de carne húmeda con los colores llamativos de sus blusas o se ocultan enfundadas en las faldas de lana oscura.
Me acarician a través del sonsonete pegajoso con el que anuncian sus productos: “llévelo, llévelo, bonito, barato, llévelo, llévelo” sus voces desgastadas y suaves  parecen  arrullo, suenan como  una estampida de palomas. Silban moviendo sus labios despacito, con la misma parsimonia con la que aquí se realiza todo. Arrancan vísceras y branquias, canturrean bajito, melodías antiguas, luminosas.
En un momento así me resulta difícil pensar en la “bondad de Cristo” en las gastadas mentiras de toda una civilización.  Este es un espectáculo humano y aquí también hay panes y peces, también aquí multiplicación de vino. Pero sobre todo se respira un aroma a sudor y a barro, a tierra cocida, un viento seco  que arrastra un sabor de mazapán y de sandía.
Formo parte de un solo ser compuesto de células floridas  que respiran al unísono, uno sólo es el rostro oscuro  y abierto que sonríe, mira desnudo. Me fundo en él, no como parte de un decorado absurdo, sino como una arteria abierta, me entrego para volverme hoja. Soy viento, plátano, caléndula, tamarindo. Soy.  Respiro el olor de la luz y de la brisa. Agradezco que todavía existan puertas donde pueda huir de la voracidad del hombre. Su alegría me hace abrirme, yo también me siento al sol, maduro como un mango, alzo la cara al  cielo.
Mis palabras ya no saben a polvo, mis palabras ya no huelen a sangre, saben a sueño, a milpa,  a carne, a sencillez y  a trópico.




orquidea psicopata

domingo, 3 de julio de 2011

Silencio


El ruido de la lluvia es el lenguaje de la tierra.
¿Y desde cuándo ella se quedó callada? ¿Cuándo se instaló aquí esta calma sorda? Aún me parece escuchar el sonido del viento, el ruido del agua golpeando los cristales de la ventana, perlas del cielo estrellándose frente a la puerta.
Ni siquiera nos ha quedado la noche, antes llegaba fresca, nos abrazaba desnudos como una muchacha húmeda. La noche fría era lo que necesitábamos para descansar, el refugio perfecto para la algarabía y el resuello. Ahora no puedo distinguirla de esta claridad errante, la oscuridad se volvió lechosa, blanda como un chicle pegado al paladar.
Qué suerte tuvieron los visionarios, esos que desde el primer año supieron que las lluvias no iban a llegar, malvendieron las tierras y se fueron a engordar el anillo periférico de la ciudad. Nosotros nos quedamos dos años, tres, mascullando la historia de las vacas flacas, la repetimos hasta el cansancio, hasta quedarnos sin fuerza. Se nos secó la lengua. Se secaron los maizales, recogimos los últimos granos, eran inservibles pero a pesar de todo los guardamos, los latigazos nos enseñaban a ser previsores. Me senté frente a la puerta, donde antes pasaba las noches fumando, aspirando el aroma en flor del campo.
Se nos murió el ganado y a la tierra le nacieron grietas, surcos enormes. Me senté a contemplar la hosquedad de la llanura, ahí donde sólo había ciénagas, tierra fangosa y pasto para los animales, se depositó un zumbido hueco que golpea incesantemente los oídos.
Observo las grietas de mis manos, me niego a creer que estas tierras vestidas de mujer madura hayan envejecido como yo y muestren su piel de abuela enferma.
Se va secando el pozo, lentamente. Cierro los ojos, evoco el chapotear del agua, el estruendo de las botas al chocar contra los charcos, el crujido de la milpa, los mugidos desnudos, los balidos lastimeros,  estertores de la tierra.
Pero sólo el silencio anida aquí, ni un goteo se oye mientras espero, mientras mi cuerpo también se va quedando seco poco a poco.

orquidea psicopata

miércoles, 15 de junio de 2011

Poquito a poco





Este es tu cuerpo: las paredes amarillas, páginas fieles, donde el tiempo ha dejado escrito su lenguaje de nostalgia. Tu cuerpo está en las conchas marinas ancladas a la jardinera de la entrada, en el cesto de violetas sobre el fregadero, en esa jaula vacía de los loros  que murieron hace ya muchos años, después de desplumarse el uno al otro. Estás en los rostros de las muñecas de trapo sobre las sillas, en las firmas de los cuadros, en los relieves de las figuras de papel maché, tu tacto permanece por todas esas horas empleadas en el tejido de los miles de manteles que descansan sobre cada uno de los muebles, eres tú cada palabra en cada una de las páginas, tu mirada me sigue desde las fotografías.
Esta casa eres tú, hay pedazos de carne tuya en los rincones, hay miradas escondidas debajo de la cama y sobre la mesa.  Sonidos guardados en el limonero del patio, en la jaula de palomas que también se ha quedado vacía, hay susurros en las hojas de las plantas, voces que se sientan sobre los sillones a tomar el té. Hay ausencia sobre el televisor, en las cobijas de tu cama y en el teléfono. Presencias recargadas sobre la puerta, miran por la ventana, miran por encima del polvo que danza al sol.
Tus ojos  no son esos ojos abiertos, translúcidos, que han perdido ya todo rastro de furia y de luz. No son esos ojos secos que te impiden cerrarlos aún cuando duermes, como si la muerte te obligase a mirarle de frente todo el tiempo. Tus pupilas son imágenes guardadas, almacenadas durante toda una vida: los lirios, los barcos, las catedrales, la tierra húmeda o recién labrada, los rostros de niños sucios, rostros ajados, ateridos, mudos. Rostros de pena y de hambre, de alegría ilimitada. Risas maduras, rojizas como mangos, caídas del árbol y todavía ahí, revoloteando. Eres imágenes de acantilados, pájaros desnudos, fina lluvia, semillas a punto de secarse,  hormigas transportando millares de hojas…
 Tu boca abriga aún el sabor de los duraznos, del café amargo, la espuma del chocolate, la textura de los rábanos, pero tú sólo estás aquí para quejarte, puedes sentir  la tierra encima de tus huesos, entrando por tus fosas nasales, rellenando tus oídos, despacio,  sellando tu  boca, haciéndote sentir llena, lentamente, satisfecha a un ritmo acompasado.
Pero pocos pueden verlo de esa forma, la mayoría ve restos inútiles. Para algunos tu casa es un desierto, ellos no ven las imágenes poéticas tomando limonada con menta desde el patio, desconocen la belleza de lo absurdo esparcida entre tus cosas.  Acuden a su visión apocalíptica de bisagras y armatostes, a una explosión lunar habitada por cabezas de muñecas de porcelana y  tapas de váter decoradas con flores, la casa te respira, llora tu humedad, respira tu olor de ajo y tomillo. Quizá alguno hace planes de futuro acerca de la propiedad,  yo sólo siento que contigo también se mueren las cosas que nunca se me ocurrió preguntarte, palabras que se quedan apiladas, esparcidas sobre la jardinera, sufriendo sus estertores, por más que intente resucitarlas lanzando al viento de una vez todas la preguntas, quitando el tapón de la bañera del odio, dejando de lado las cortinas de la incomprensión, ellas ya no dicen nada, respiran cada vez con mayor dificultad. Tus hijos se quedan aquí y yo me marcho, camino hacia las amapolas, hacia las rejas coloreadas por buganvilias, dejo que mis pies estrechen la calle de piedra. Me cuesta cerrar la puerta, parece increíble que no vaya a derrumbarse, sus pulmones exhalan gemidos, me cuesta abrir bien los ojos y seguir viéndola de pie, aunque la oiga crujir, aunque escuche las vigas rompiéndose, el techo partirse por la mitad, observo el asfalto craquelarse, siento que las paredes te absorben, se cierran como una caja torácica, te abrazan como a un corazón.
Pero cuando cierro la puerta, no escucho ningún sonido, volteo y no observo ningún derrumbe, y pienso que los muros te serán fieles incluso en eso, a pesar de sus ganas de hundirse, de borrarse, de ser tumba…  van a derrumbarse como tú, poquito a poco.





 orquídea psicópata

lunes, 30 de mayo de 2011

Niños pájaros



¿Por qué la tierra tiene manchas?
Son niños mágicos, sueñan, crecen a través de nuestra sangre. Se alimentan de nuestro llanto ¿puedes verlo? Su tallo absorbe la humedad, aparecen después de las primeras lluvias. Mientras tanto  veneramos a Tonantzin,  celebramos la vida, reímos como sandías abiertas, nos entregamos al sol como papayas maduras, le entregamos como ofrenda nuestra alegría. Nos purificamos, nos volvemos uno con la niebla y con el río y  esperamos la señal de nuestra señora. Hasta que los obliga a emerger de la oscuridad, empujando con manos firmes  hacia el abrazo solar. Los conduce cerca de nosotros que los esperamos ávidos.
Ya te he contado la historia de nuestra madre, te he hablado de su benevolencia, nacimos de su costado, somos hombres de maíz. Ella nos protege, nos impide morir. Sólo nosotros conocemos su nombre, sólo nosotros podemos saborearla cuando nuestros pequeños tienen hambre y se llenan la boca de puñados de su sustrato.
Estos hongos son su carne, criaturas traviesas que nacen para ti. Justo cuando los tocan los primeros rayos de luz su aspecto cambia, se coronan de azul, por eso algunos los llaman pájaros.
Cuando crezcas tú también probarás su carne, te nutrirás de ellos, los beberás. Y ahora ven, déjalos ser testigos mudos de su mundo de sombra, cobrarán conciencia de sus cambios poco a poco,  como tú. Nunca más los llames manchas, nunca ensucies su sagrado nombre, ya aprenderás a nombrarlos, ya aprenderás a celebrar su nacimiento. Y ahora ven, las nubes están cargadas. Mañana volverás a visitarlos,  mientras madurarán en paz, bajo el susurro de los dioses y el canto de las palomas.  

Primera comunión


Este es el sacramento de nuestra fe, dije mentalmente y coloque el trozo de papel sobre mi lengua. Era ligero, inoloro, unas líneas azules, delgadas, formaban un dibujo en su superficie. Lo repartimos en cuatro. Despacio, cerrando los ojos, coloque en mi boca ese fragmento. La música del Dj continúo sonando, su estridencia me desagradaba, pero contaba con el trocito sagrado. Cuando hizo efecto me obligó a darme cuenta de la existencia del pasto, la hierba comenzó a llamarme con ondulaciones suaves. Me tumbé sobre ella, sus fibras verdes revolotearon en mis dedos, se colaron por debajo de mi piel. Éramos uno, me enraicé a la tierra, sin presión, meciéndome. Una voz interna modulaba lentamente mis pensamientos. No podía dejar de repetírmelo: es la tierra, es la tierra... Las hebras ahora estaban debajo de mis parpados, esparciéndose por mis dedos, en mi flujo sanguíneo. Yo era la sangre de Cristo. Yo era su cuerpo, el pan infecto.
Entonces comencé a reír, no podía parar. Te ofreciste a llevarme a casa, la velocidad de la motocicleta convertía el aire en oxido nitroso que llenaba mis pulmones, me hacia flotar. El estallido aún duraba al llegar a casa, al escurrirme conteniendo la respiración para abrir la cerradura.
Las figuras desperdigadas por mi habitación movían los labios, me esforcé en escucharlas, sus labios continuaron moviéndose pero yo no pude oír nada, sus movimientos silenciosos me impedían dormir. Aún podía cerrar los ojos y sentir los filamentos de colores desnudándome, acariciando mis músculos. Seguía ahí, acurrucada, la alegría hincada en mi corazón.
Es la tierra, repetí una vez más.


orquidea psicopata

El gato

La Coordinación de Juventudes Laicas tuvo a bien presentar un programa de citas ante la creciente dificultad de sociabilidad humana y ...