sábado, 7 de mayo de 2011

Los piratas no existen


Teodoro entra en la habitación, desenvaina. Un trozo de tela sucia cubre uno de sus parpados, su piel está cubierta por costras de sangre y lodo.
-Los piratas no existen- dice Adrian,  ahogándose a carcajadas.
Teodoro blande el arma, atraviesa la habitación cortando el aire, la espada de plástico se rompe al estrellarse contra el suelo.
Adrian ríe cada vez más alto, ríe cuando deposita una moneda entre esas manos, ríe de su nueva forma de altruismo.

orquidea psicopata

jueves, 28 de abril de 2011

Las malas lenguas

Dicen que México es un lugar peligroso. Los científicos dicen que nuestras piernas no están hechas para caminar. Dicen que Guatemala no existe. Yo solo escucho el ruido, sólo oigo en esta casa de locos. Imagino es aspecto de esa niña. A la madre la conozco, sé que se llama Martha, no es gorda sino más bien hinchada, siempre está ojerosa. Repite dos o tres veces cada una de sus frases: “hasta luego, hasta luego”,  como un eco. Su marido se llama Antonio, a él lo veo más a menudo, su sonrisa es retorcida y simiesca, sus ojos extraviados no producen compasión ni miedo. A la niña no la he visto nunca, sólo la oigo a mediodía,  a medianoche. Su llanto sobrenatural me recuerda la película cabeza borradora, su llanto no debiera llamarse de esa forma.
Es increíble que un pequeño ser humano pueda emitir esos chillidos. Viven con los cerrojos echados, con las persianas bajadas, sumidos en la absoluta oscuridad, no hablan, parecen no conocer un lenguaje articulado, sólo gritos. Parece que aman la distorsión.  ¿De que les sirve construir una fortaleza cuando la bestia  vive dentro?
Dicen que si alguien pasa muchos meses sin ver la luz se quedaría ciego, que un bebe moriría sin el calor que le proporciona cogerlo en brazos. Callan, omiten decir que México es el segundo país en producir más energía geotérmica, en aprovechar el calor de nuestra madre, no dicen sexto en potencial solar, no dicen sexto productor de crudo.
Yo sólo oigo deja de llorar, cálmate, te voy a dar una hostia, me voy a llevar a la niña, deja de gritar. Imagino la angustia, la sed, el frío, el miedo de la niña rota y acude también a mi garganta un grito, se queda ahí, acurrucado hasta que se apaga.
Su llanto dura horas pero nadie acude, nadie calma la enfermedad de la niña. Pienso que eso que sale de sus ojos debe llamarse odio, asco o rabia, pero no lágrimas. Dicen que Centroamérica no existe, no dicen segunda barrera de coral. Dicen que México es un lugar peligroso ¿pero no cuentan las enfermedades del alma?

Sonidos


Desde mi ventana
Veo pájaros,
Realmente no los veo
Pero los oigo,
Sé que están desnudos,
Sé que su canto se filtra
Quieto, salobre, estático,
Desde la ventana.

Imagino su canto
Emergiendo hacia la luz,
Imagino sus alas rojas
Batiéndose despacio,
Sus picos abiertos
Para cantarme una canción de cuna,
Para darme agua.

A veces se tornan oscuros
Dentro de mis sueños
Y les temo a pesar de
 Que sepa que son frágiles.

Mi voz a veces también me asusta,
Ella también lastima y duele
Aunque se quiebre con el viento,
Aunque se escurra como
Los mirlos que cantan,
Desde mi ventana.

orquidea psicopata

Manos

Sandra significa protectora. En mi antebrazo viven 44 especies de parásitos. El 1% de mi peso esta formado por bacterias. Sandra se coloca los guantes. Sabe que debe ser rápida, implacable, no puede permitir ningún roce ocasional, los intrusos podrían traspasar la barrera de látex.
No es suficiente con cambiar las sábanas, necesitan un casero para vivir, nosotros los albergamos, 10 veces más células bacteriales que humanas habitan nuestro cuerpo. No es suficiente con lavarme los dientes 5 veces al día. Debo combatir los estafilococos, la psoriasis, huir de los huevos de anquilostoma. Le resulta difícil encontrar trabajo, la frutería es una buena opción, la manipulación de suministros se ha vuelto delicada, ahora no extraña a nadie la utilización de guantes, por eso prefiere las frutas. Algunos clientes la llaman paranoica, xenófoba, dicen delirio de persecución. La lucha no esta fuera sino dentro contra los eccemas, las escamas, la queratosis. 500,000 especies de ácaros, arácnidos que se acumulan en nuestra casa, miles, millones, costras de piel muerta. Incluso las cucarachas se limpian al tocarnos. Tiene los ojos llenos de venas rojas, a esa hora del día es más difícil contener las arcadas, aunque le pese hay algo en ella de la chica solitaria que solo quiere proteger su espacio. Se coloca los guantes. Comienza otro día de trabajo. 186 especies viviendo en esta selva, las siento roerme, están listas para aniquilarme. Sólo veo manos, sólo manos que portan millones de ellas, intento esquivarlas, persisten, siempre, siempre están aquí. 

orquidea psicopata

martes, 29 de marzo de 2011

La pared


Pero solo era fantasía. La pared era muy alta como vez, no importara lo que intentara no podía ser libre y los gusanos carcomían su cerebro.
Repite el estribillo, su cabeza esta a punto de estallar. El tequila sienta bien en su garganta reseca. Mariana aún duerme.

Luís.
Odio tener que despertar  todos los días antes que ella. Antes disfrutaba viéndola mientras dormía. Saboreaba el calor que a esa hora aun no es sofocante, el rumor lejano de las olas, de las primeras voces, el ambiente arenoso de la costa. Ahora todo va tiñéndose con el color de la rutina. Ella esta ahí, de espaldas, pequeñas marcas rojas se distingue en la carne morena de sus nalgas. Huellas del pasado imposibles de borrar. Somos presa del tiempo. Me duele saber que he llegado tarde a su vida, cundo ya todo estaba impregnado de manchas. Me pregunto si yo soy una cicatriz más, o si mi llegada ha sido tan suave,  tan lenta, tan imperceptible que podría disolverse  en cualquier momento  de la misma forma,  tenue y sin dejar rastros. ¿Merezco ser algo que perdure en ella? Que las marcas de este animal amargo perforen su cuerpo y su mente. ¿Debo dejar los vestigios de mis dientes sobre su cuello y absorber su sangre, si no puedo ofrecerle la redención?
Recuerdo el primer día que la vi. Su cabello ondulado rozaba sus hombros, enredado por el viento. Su camiseta rosa, ajustada, sutilmente traslucía sus pezones. Parecía feliz, tan viva. Casi me molesto su naturalidad. Pensé que el aire que respiraba debía ser otro, menos seco y mas tibio. Me preguntó si podía sentarse y pidió un café. Vi sus ojos profundos como pozos. Ahora, después de haberme hundido en ellos, sé que son pozos vacíos. Había algo en ella  que no podía ocultarse. Entonces pensé que la había juzgado a la ligera. No debía ser tan superficial como me  pareció al principio. Le dije:
-Dos personas solitarias no quieren dejar de estarlo- sonrió
 –Sí, la maldita soledad sin uno mismo, dice Sabines- me dijo.
-La soledad también puede ser una llama- respondí.
Y comenzó a hablarme de Benedetti, de la película de Eliseo Subiela. Me propuse no hablarle de la nausea, no mostrar de golpe la podredumbre que brota de dentro hacia fuera. Pensé que era joven, seria fácil conquistarla si no hablaba de más. La llama creció. Le pedí su teléfono, luego la invite a tomar algo. La bese. Después de unos tequilas me descubrí pegado a ella en el pasillo, mordiéndole el cuello, metiendo mis manos por debajo de su falda y apretándole las nalgas, me susurraba que no lo hiciera, que podían mirarnos, pero sonreía traviesa. La tome de la mano y la conduje al baño. No le importo que 3 tipos la miraran entrar. Hubiera querido que fuese eterno. Pensé que no volvería a verla. La invite a comer a mi casa el fin de semana. Anoté la dirección. No creí que llegara.
La comida se enfrió, mientras la desnudaba sobre el sofá, note las marcas rojas que tenia en los brazos, en los pechos y en las nalgas. Me dijo que había tenido una relación extraña. Le gustaba que él le hiciera ciertas cosas. Después de un tiempo de seguirnos viendo me hablo de él. Menciono su nombre solo una vez. Me hablo sobre los cuchillos y las cuerdas, sobre estar atada y con los ojos tapados, sobre las sensaciones. Sé que no fue ella quien decidió dejarlo. Creo que todavía lo extraña. Habla de él un resabio de tristeza, creo que extraña lo que él podía darle y yo no. Sabe que se ha convertido en  mi única obsesión, ella esta obsesionada con el dolor. Solo una vez la vi cortarse, se levanto de madrugada después de haber hecho el amor. Pensó que  estaba dormido. Tomo algo del último cajón. Sus facciones se tensaron cundo apareció el primer surco rojo. Su expresión delataba un doloroso placer, pensé que debía sufrir la misma abstinencia que un adicto, sin su dosis necesaria. Gimió despacio. Lamió las gotas de sangre que escurrían por sus brazos. Se puso el pijama y se acostó de nuevo. La abrace.  La Abrace muy fuerte. Comenzó a llorar. Ahora, mucho tiempo después. Ella aun esta aquí, en la misma posición fetal. Junto a mí. ¿Para que diablos puede servirle mi ternura?


Mariana.
Si pudiera dar un salto delante de esta telaraña que me aprisiona. Amanece. Recuerdo esas palabras agrias, dulces, paladeo cada letra y la mirada de sal. Pienso en Anaïs, en la profundidad de esos ojos, pupilas en las que parece que podrías ahogarte, sus ojos no eran pozos vacíos, estaban llenos de musgo, de helechos, de ranas, de agua. Llenos del terror que evoca la luz. De misterio producido por la oscuridad de la vida. Mis ojos van perdiendo el brillo, todo se hunde, lento bajo la vacuidad. El reposo, la tranquilidad, el cálido vacío. Los rayos de sol entran por la ventana. Sé que el esta de pie, que me mira. Espera  a que tenga los ojos abiertos para darme los buenos días. Espera que sonría, que prepare café y huevos como siempre. Pero yo cierro los ojos. Me cuesta asimilar la luz. Cuesta darse cuenta de que he despertado otra vez. Que hay que empezar de nuevo la rutina. El cansancio que me provoca el sinsentido de esta búsqueda. El infierno es un lugar solitario. Nadie más conoce el sufrimiento que produce rozar de nuevo las sabanas blancas, que envuelven mi cuerpo como una mortaja. Si, el infierno debe ser blanco, como la ausencia, el vacío, todo, lo inmenso, la nada.
Este “despertar” cada día se parece mas a la muerte. Cuando aún estoy quieta y con los ojos cerrados es el único momento en que  creo que de verdad estoy despierta. Algo me devora, estoy anestesiada el resto del día. Por la noche apenas puedo recordar lo que he hecho. Solo en sueños muestro mi verdadero rostro. Todas son mascaras rotas, rostros fragmentados que no me desfiguran, sirven para cubrir la verdadera podredumbre que me corroe. Me miro con los ojos cerrados. La única forma que lo hace soportable. Pienso en mi carne flácida. Un cuerpo, blanco, blando, desparramado sobre la cama. Una masa que apenas siente. La orquídea seca y usada, esparcida sobre la tierra para uso y redención, la puta que robo los poemas de Bukowski. Él me ha visto hacerlo, no podría entender lo mucho que me gusta, no entendería porque mis piernas tiemblan y siento ganas de gritar, no entendería que es mucho más placentero que cualquier otra cosa. Recuerdo haberle preguntado, hace tiempo – ¿si te dijera que el dolor me excita, podrías proporcionármelo?– No respondió, sus ojos se humedecieron, algo se rompió dentro de mí en ese momento. No comprendía. Era un mentiroso. Un poeta. Hundido en la tragedia, en una tristeza que sufre pero no disfruta ¿de qué puede servirme su ternura? Por alguna razón decidí quedarme, embarrada, varada en la nada o en la nausea. Con este cuerpo insulso. Malsano como las palabras. Si, más insulsas aun que la propia carne. Seguí hurgando en Miller y en Sartre, en Nietzsche. Pero solo encontré al bufón. El espejo farsante, el único donde podía reflejarme. Descubrí que esa es la única persona que puede hacerme real. Sus besos hacen sufrir más que las navajas a veces no puedo respirar cerca de él. Su aire me asfixia.  Me da asco. No le quiero, pero debo permanecer aquí. Debo levantarme, sonreír, darle un beso de buenos días, preparar café, decirle que lo quiero antes de que salga. Es precioso crear heridas. Las cicatrices son las marcas que me hacen saber que mi corazón sigue latiendo. El dolor es en un medio que no debe suprimirse, debe servir para llegar al clímax. Estas heridas son más hondas pero no dejan marcas, ya no hay manchas oscuras, llagas frescas sobre mi piel. Es preciso, hay que hacer algo para poder seguir sufriendo. La respuesta es la vida. Me levanto y sonrió.

orquidea psicopata

Aprendizaje


Ofelia tuvo alas, podía volar, pero nunca vio el sol, sólo espacios sellados, clausurados. Una y otra vez se estrelló contra las paredes, lo atribuía a su torpeza, a su falta de cálculo, tardó en darse cuenta de que era el entorno el que cambiaba, se reducía cada vez más, hasta que le resultó imposible abrir las alas. Así aprendió a caminar, mientras marchaba a tientas con la cabeza baja, dando saltos en la oscuridad. Luego los túneles se volvieron cada vez más bajos, le imposibilitaron mantener una postura erguida entonces comenzó a arrastrarse, a deslizarse despacio, reptando. No hay elección, es imposible detenerse, la horda que se arrastra tras de sí la destrozaría. Es preciso avanzar, ejercer su aprendizaje.


orquidea psicopata
Pintura: Hernán Miranda.

Ausencia

“Veo la horrible expresión de sus ojos, la lastimosa agonía muda. La veo abrir las piernas para liberarse y cada orgasmo es un gemido de angustia”
 Henry Miller.
AUSENCIA:

Espera por él frente a la ventana, el  gélido viento la recorre, ráfagas  que noche a noche constituyen el presagio de  volver a verlo, la certeza  de conservar intacta la nitidez de sus recuerdos.  Intenta ponerse de pie para impedir las mariposas irrumpan en la habitación, sabe que es inútil, se cuelan por los resquicios de las puertas y ventanas, por las grietas del techo, por las tejas, traspasan los vidrios. La plaga no cesa hasta poblar el cuarto, hasta cubrir de lepidópteros el corazón.
El eco de una voz la sobresalta, la aparta del letargo.- Acércate-dice, y la rodea con su brazo. Se descubre con la mirada perdida en un cenicero de metal, sentada junto a un hombre, bañada por la iridiscencia una bombilla que emite una luz roja.
Él desabrocha los botones de su blusa de un tirón, le dice que se acueste sobre la alfombra. Se masturba sobre ella, en la mano izquierda empuña el miembro, en la derecha un cigarrillo, que apaga sobre su piel antes de ponerla boca abajo y penetrarla, antes de hundirse en esa orquídea de fragancia y  pétalos oscuros, de sumergirse en el veneno de su flor. Ella entrecierra los ojos,  piensa en nada, siente las mariposas que deambulan por su cuerpo, se cuelan por sus oídos, sus ojos y sus labios, hasta inundarla, de esa marea negra que la transporta  al lugar en que espera por él. Trata de evocar su rostro pero ya no lo recuerda, solo la tibieza de su aliento, la sensación provocada por el peso de su cuerpo, su risa en la oscuridad, el ángulo  formado entre su nariz y su boca, la luz colándose por el cristal.
Se pregunta cuál era la identidad de ese único  hombre que irrumpió en su ser, que la penetró tan hondo, que escarbo en la dureza de su alma, que sano la soledad del minotauro. Se marchó dejando una herida profunda,  sobre su sexo un estigma color sangre, una huella honda. ¿Con qué derecho le arrancó un sollozo por primera vez?
-Te quiero- dijo ella y se hundió en un mar de tristeza y de ira cuando abrió sus ojos de animal asustado para preguntar “¿me quieres?” mientras  él susurraba a su oído:
-Me gustas. Me gustan tus gemidos y tu cuerpo, me gusta  tu olor y tus labios, tus piernas. Déjame hacerte el amor en silencio, no me preguntes eso, no  preguntes nada ahora.-
No puede entender cómo él supo robar sus lágrimas, cómo desde aquel momento en que cruzó la puerta la humedad  emigro de sus ojos.
Esa fue la última noche que pudo dormir, lloro hasta que sus ojos se  vaciaron, en su piel empezó a formarse esa costra oscura y gruesa.
Aunque las mariposas que precedieron a su encuentro no fueron amarillas, sino negras, fue a partir de ahí que comenzaron a atormentarla por las noches. Aún trata de ahuyentarlas con la agonía del orgasmo  provocado por la sodomización. Ruega por que la dejen dormir o  la abandonen para siempre.  Se aferra  a la esperanza de escuchar de nuevo el sonido de sus pasos. Quiere verlo volver para  dejarse caer en sus brazos, hurgar en los resquicios de su cuerpo, ahogarse de nuevo en su saliva, y  raspar su piel contra sus labios y su lengua  para arrancar de él cada una de sus lágrimas.

  orquídea psicópata

Dibujo: Hernán Miranda

El gato

La Coordinación de Juventudes Laicas tuvo a bien presentar un programa de citas ante la creciente dificultad de sociabilidad humana y ...