Amor materno
Con la mirada perdida en ese seco rostro, la tomó de la mano y la arrastró hasta el patio…cavó un hoyo y la metió ahí dentro.
¡Por fin lo había hecho! Ahora se sentía libre. Después de todo ella era la culpable de su sufrimiento.
Cuando había terminado de cubrirla con la tierra, escuchó su voz:
“No te preocupes hijo, aquí abajo estoy muy cómoda”.
Supo que nada había cambiado, tomó el revólver calibre 38 y lo disparó por segunda vez.
orquidea psicopata
jueves, 9 de septiembre de 2010
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