martes, 30 de agosto de 2016

Toda rosa es suicida






Bajo nuestra tortura,
la capa mutua que compartimos:
las sombras.

La tumba de la soledad
duerme en mi pecho,
su ojo se mueve dentro del ojo,
su silencio redondo y ruidoso
es hueco dentro.

La soledad
danza en nuestros cuerpos,
libre la brisa del llanto,
libres mis muslos en el techo,
libre silencio es tu pelo.

Pétalos esparcidos por la tierra,
perros muertos y
fetos fermentados,
cadáveres de planetas
inundan nuestro cielo.
El sudor y el silencio se mezclan.

En cada víscera hay una partícula de vidrio
y en cada chica, duerme un poeta visceral.

Toda rosa es  suicida,
los niños de tierra nunca comen,
mastican la hiel de los pezones.
La mayoría de sonrisas
son más falsas que los billetes de $10.
Las máscaras ruedan,
bajo nuestra tortura.


(2003)




 


orquidea psicopata

Espina





En el frío silencio que desprende alas de moscas
busco
tu aliento, tu rose.
En tu sudor
i n c o n s i e n te
me despedazo, me esparzo.

Sabia, tibia sangre
fluido dulce y tierno.
Me hundo
en tu deplorable paraíso,
entre planetas que se deslizan sobre el negro cielo
y como polvo flotan en el cálido universo.

El humo dibuja
el vacuo cuestionamiento interno de las masas,
disfraz de pluma,
frivolidad,
oscuridad del pensamiento y del sentir.
¿puedes verme?

El silencio es de los seres más profundos
porque en su vientre se consumen mis mitades;
en su olor las almas se chupan como frutos
y sobre él la muerte se sienta a lamer lagrimas de hueso.
El silencio es de los seres que más hablan
porque en sus coitos
las sombras,
apelmazadas de pared,
despiertan los labios, los ojos, las voces…
Y a sus pies siembre hay una mujer que llora
y en las noches se une a él como pétalos de rosa
y en su suave y lenta orgía silenciosa:
ataduras de sonrisas,
lagrimas de luna,
ausencia de sombra,
marchitarse en la pérdida momentánea de la locura.

Luces explotan en desconcertantes visiones
son del color del viento
como la ausencia de lagrimas,
frio rostro
humedad de genio muerto.
Humo distante de confusas conformidades.

¡Elévame!
Hazme el amor en la cruz,
psicodélico portal,
cánsame de una historia sin final.
Penétrame, ultrájame.
Herida de espina de rosa,
oculto penetrar del miembro
en la sangre caliente.

2005
 


orquidea psicopata

lunes, 21 de marzo de 2016

La marea



Mariana nació en una ciudad pequeña, fronteriza, llena de humores variopintos y acentos diferentes. Le hubiera gustado pertenecer a una ciudad caliente, donde los niños van a bañarse  al mar, corren semidesnudos persiguiendo perros y comiendo mangos; quisiera haber olido a sal y a fruta. Pero nació en una ciudad gélida, en un día lluvioso. Un lugar  donde los amaneceres están llenos de niebla e impiden  ver el sol.
Le gustaba imaginar que se llamaba Marina, y no Mariana, Marianita, imaginaba que había nacido un poco más al sur o al este, que tenía la piel tostada y las plantas de los pies suavemente habituadas a la arena; le hubiera gustado ser en parte esencia de salitre y de amaneceres cálidos con sabor de tamarindo.

Vuelvo a mi infancia de pájaros ciegos, de charcos risueños y de perros flacos, de muros sucios y  casas grises.
Vuelvo a mi infancia que encarna la imagen de la contradicción: la  casa burguesa de los abuelos, el piso de piedra natural, la televisión con ciento ochenta canales, y mi barrio: nuevo, sin identidad, con techos de lámina y paredes sin pintar. Vuelvo a la calle que siempre olía a polvo, a estiércol de vaca, a plumas de pollo y a desagües.
La imagen más recurrente es la de los perros de mirada dulce, sarnosos, flacos, que inundaban la calle y a los que mi madre no me dejaba tocar. Y es que yo era la niña frágil, la que se enfermaba si se quitaba los zapatos, la que no corría descalza ni podía correr más de veinte metros sin tener que usar el inhalador, la que torcía los pies cuando caminaba, la que se caía porque tenía  pie plano, la que nunca aprendió a saltar la cuerda, a inflar un globo ni a jugar bien a la pelota.
Mi mundo se redujo durante muchos años a un entorno mágico, un cuadrado de diez por diez, habitado por pájaros, colibríes que llegaban a libar en las flores de mi madre, catarinas (muchas más de las que hay ahora), y “Muñeco”, ese perro mestizo como yo; multicolor,  que me enseñó a jugar a la pelota.
Entonces el jardín era una selva, habitada por campanas, tulipanes, pájaros negros, elotes y manzanas. En esos tiempos mi madre era una mujer distinta, tenía un aspecto descuidado y siempre cantaba en la cocina mientras arreglaba jarrones con rosas cortadas del jardín. Las flores eran de un rojo oscuro, casi negro.
Mi madre se llama Clara, y en verdad es alba, alborea, transparente como un amanecer. Ella sola hubiera podido fabricar ésa semilla, no sé si buscó mal, si no buscó, o si por alguna razón escondida dentro de su orgullo, se dijo que podía tenerme aun con un ser con la naturaleza de mi padre.
Pasaron muchos años para que pudiera conocer parte de su historia, pero desde entonces supe que una tibia tristeza la acompañaba, no es que la viese llorar demasiadas veces durante mi infancia, pero había algo en su voz, en sus ojos y en su sonrisa, que me hacían sentir que una nostalgia tibia y dulce como un gato se le acomodaba en  el vientre, le ronroneaba en la garganta.

 Guarda esos recuerdos de su infancia, las sensaciones que tuvo, las imágenes, como tesoros. Es curioso cómo tantos años después pueda darse cuenta, de que la apreciación que tenía de esos seres, no era errónea.


Su madre tiene las pestañas rizadas; los párpados oscuros, de color café, contrastan con su blanca piel; tiene las mejillas enrojecidas y ojeras permanentes, sus ojos brillan con un destello intermitente que no respeta la risa ni las lágrimas. Lo que más le gustaba de su madre son esos ojos que vienen de la familia del abuelo, ojos enormes y expresivos.


La abuela Soledad tiene la voz muy fuerte, puede resultar desagradable, pero a Mariana nunca le ha parecido eso. Desde pequeña la llama mamá.
Siempre me hablaba en un tono especial, reducía su voz, la contenía, para darme ese tono amelcochado que tanto me gustaba. Admiré siempre su elegancia al mirar a la gente, al saludarla, a pesar de que nunca salió de este pequeño pueblo sus ademanes parecían europeos.  

La recuerdo un día quebrando los platos, lanzándolos al suelo uno a uno, mientras lloraba. Después de divorciarse, cambió mucho; aunque se había esforzado durante diez años por esconderse, por desaparecer bajo esas faldas largas; aunque se disfrazó durante tanto tiempo de esposa abnegada y tonta, se demostró a sí misma que podía ser otra. Y aunque muchas cosas cambiaron, siempre pensaré en ella con la mirada triste mientras arregla un jarrón lleno de flores.

Ni estación es, le dicen apeadero. Veinte metros de cemento a ambos lados de la vía. El tren pasa cada hora, el trayecto dura un poco menos. Las calles son aguanieve y barro, entre los bloques de pisos apenas logra verse el pequeño edificio de ladrillos. Soledad se levanta temprano los lunes para volver a tiempo a casa de los señores. El domingo regresa a mediodía. Todas las semanas igual, ya son seis meses de estar así; del pueblo a la capital, de la capital al pueblo. Atrás quedó la otra rutina diaria; la de caminar hasta la fuente a traer agua, dar de comer a los cerdos,  la cosecha, la siega, la vendimia, según la época, la firmeza dictatorial de sus padres, las injusticias de sus hermanos y, también, el amor de su hermana.

Me encantaba su tono meloso y que siempre tenía golosinas, muñecas de porcelana, frascos de perfume, cajas de música y alhajeros llenos de joyas. A veces me hablaba como a Fido o como la servidumbre y ése tono hiriente y dulce me encantaba.

El cambio vino por la edad, no eran tiempos donde se pudiera elegir. Más tarde llegarían las interminables jornadas haciendo pelucas, otras fábricas por limpiar, correr ante los caballos y la porras de los policías en las manifestaciones, más casas de buenas familias y siempre la suya propia; con tres hijos y un marido malabarista de turnos dobles y terceros trabajos para evitar  números negativos.

Había algo en la voz de mi madre que parecía frágil. Durante toda la vida la he visto como a una hermana; a ésa edad la percibía como una chica triste, tantas veces a punto de quebrarse. No temía a su autoridad, quizá debido a esa voz niña que me reñía y me consolaba segundos después, una voz delgada y dulce.
Procuro evocarla cerrando los ojos y buscando en las imágenes que guardo dentro. La veo en la cocina, incapaz de complacer a mi padre aun con  guisos deliciosos. Veo la cocina de mosaicos amarillos, y ventanas grandes, la veo cantando canciones que tantas veces la hicieron llorar.

 Sube mecánicamente sus catorce años al tren, se sienta siempre junto a la ventana y mira pasar los edificios y los sembradíos desde la duermevela. A veces piensa que eso es pensar, confundir lo que se vive con lo que estaría viviendo si nada hubiera cambiado. El sueño le gana un pedazo de viaje, abre los ojos y ve algunas cabezas por encima de los asientos, algunos pasajeros leen de pie el periódico. Se van acercando las gárgolas negras, vigilantes en lo alto del techo abovedado de vidrio y acero. El tren se va deteniendo con un chirrido metálico, dejando oír los tintineos acompasados, los golpes secos de las puertas que se abren y cierran, el bullicio de los andenes, la gente haciéndose paso por escaleras y túneles.

La casa de la abuela me gustaba tanto que a veces escondía frutas, verduras, o incluso trozos de pastillas aromatizantes para baño, en los bolsillos de mi ropa, para llevarme un pedacito de ella.  Al llegar a casa mi madre los descubría y no entendía por qué los había robado. Lo que quería guardarme en el bolsillo era algo de la claridad de esa casa, era desilusionante ver cómo los objetos perdían su brillo y se volvían comunes.

Disfrutaba trepando en los durazneros del patio; en un árbol había duraznos dulces y amarillos, el otro, más pequeño, tenía frutos blancos con las semillas rojas,  un poco más ácidos.

A las siete de la mañana ya está vestida de uniforme. Da los buenos días, sirve el desayuno, ayuda a vestir a los niños, recibe los primeros encargos del día y comienza por las camas. Se van los señores, y la casa es de la servidumbre. La radio canta las primeras coplas de la mañana, y ella tararea suave mientras barre, friega, limpia el polvo, sacude las alfombras, los cojines, lava ropa, plancha los manteles; a media mañana una pasada rápida por la cocina para una taza de leche y un trozo de pan de ayer.

Soledad es blanda, la persona más débil de mi genealogía, necesita de Dios, como un cachorro necesita de una madre, se ata a él como su recurso imprescindible, lo evoca a la hora de comer, entre comidas y a la hora de la cena, seguro reza antes de dormir, encomendarse a Dios es su plato favorito, y su entremés.

Mi abuelo, me gustaba mucho. Se llama Francisco como su padre. Con él, nunca era posible equivocarse porque te ponía las cosas claras, una carcajada sincera o una voz grave y sentida reprochándote. Me gustaba porque no tenía una  risa fácil, se reía hacia adentro con un gesto en los ojos y una contracción de la barriga, pero sin hacer ruido,  igual a un caracol dentro de su concha.

Con suerte, podrá salir a la esquina si algún ingrediente falta para la comida. La tienda está cerca, pero ella se tarda mirando los  coches, los tranvías como trenes extraviados en busca de una estación, los vestidos estampados, las pieles, los trajes nuevos de los transeúntes que sólo caminan sobre asfalto y nunca llevan barro pegado a los zapatos ni a los pantalones.

Es difícil hablar con ella, pone la atención de una niña, pero busca siempre la moraleja. Mi abuela pertenece a otro siglo, su mundo está lleno de luz y de seres buenos, de pasillos enormes iluminados con arañas pendientes del techo, un mundo que mezcla carteles de neón, vestidos victorianos, maquillaje discreto, hadas, príncipes, princesas y carteles de Hollywood, todo salpicado por una fina lluvia de color dorado, que quizá pueda traducirse como la omnipresencia divina.

Le gustaba el silencio, prefería no hablar mucho, la mayoría del tiempo decidía alejarse, a la sala o a su habitación y cerrar las puertas. Mariana siempre lo seguía desde que tenía pocos años, aunque él viera películas en idiomas que no entendía, o se quedara callado, leyendo, durante mucho rato;  le gustaba su aire, jugar alrededor de él, sin hacer ruido, para respirar ése airecillo polvoso y solemne que parecía  espeso a su alrededor. Con él, descubrió mucho de lo que  disfrutaba.

Cuando llega la tarde la casa se va llenando, el señor quiere su copa, sus pantuflas, su puro y su libro. La señora quiere tranquilidad, una tila, que le preparen el baño y que pongan su novela en la radio. Trajinar en silencio cansa más, hay una tensión que sólo el silencio del sueño consigue romper.

Me gustaba mucho ojear sus libros, un libro de primates era mi favorito, me gustaba la variedad de extrañas posturas, me gustaba ese libro por sus colores vivos y sus hojas gruesas y brillantes, todavía no sabía leer pero pedía ver las fotografías para que me contasen historias.

Son más de las once cuando puede retirarse. Comparte un pequeño cuarto con Rosa, la encargada de la cocina. En diez metros cuadrados, hay dos catres, con una silla a los pies. Un viejo aparador, una lámpara en la mesita y una ventana que mira al patio. No se necesita más para dormir, normalmente mira al techo, y siente el olor a jabón de las sábanas blancas.

Las películas fueron pocas y duraron poco tiempo. Cuando él aún conservaba sus cintas de video y me decía seriamente que iba a ver una película “de gente grande”, me predisponía a prestarle atención y a pensar que sería una lección importante, y al terminar, en efecto, yo sentía que había aprendido algo, aunque hubiese visto “la bella durmiente del bosque”. Luego vendió todas las cintas y llegó la televisión por cable con la que se terminaron las películas interesantes y las cambió por la programación chatarra de cine de “estreno”, proyectada sesenta veces por mes, o sea dos veces por día, por la tarde y a la media noche, por si quedaba duda. Los libros que me dio dejaron la huella más honda en mi vida, y que aún ahora ocupa la mayor parte de mi tiempo y de mis prioridades.

Recuerdo la comida de mi madre, la sensación al sembrar hortalizas en el jardín: rábanos, zanahorias, fresas…

La biblioteca estaba en el cuarto de planchado. Había muchos libros y muchos objetos que le parecían mágicos. Había reglas y moldes para hacer dibujos de formas extrañas, rompecabezas, óleos, frascos de tinta china, colores de madera, figuritas y sobre todo un armario que en cuanto era abierto, inundaba con un cierto olor a madera y polvo, el pequeño cuarto.

Cuando mis padres se divorciaron, tenía ocho años; mi padre soltó todo su veneno para contarme cosas acerca de mi madre, de sus amantes, de sus errores, de su aborto, de lo aberrantes que eran las decisiones que ella había tomado en su vida, yo le creí y durante mucho tiempo sentí un odio sordo por  mi madre, pero a él también comencé a odiarlo porque sus palabras quemaban por dentro, ardían.

Nunca tuvimos nada en común, mi madre nos unió por casualidad o por destino, quizá para que mi padre fuese mi tragedia griega, para ser Electra y luego Edipo, cuando tuve diez años ya no pude soportarlo por lo que me había dicho, por lo que había hecho en mi madre, porque había intentado mancharme de diferentes formas y de alguna, había logrado ensuciarme con su rencor y su miedo.

Recuerdo los cuentos para colorear y los que traían letras y  dibujos, narrados en un casete, esas cintas me gustaban mucho, me emocionaban sin importar cuántas veces las hubiera oído antes.

Su tono de voz era más bien plano, las únicas  observaciones destacables que recuerdo eran sobre las maravillosas ventajas de hacer ejercicio, o alguna frase venida  de un libro de superación personal,  sobre cómo hablar en público y cómo ser una persona exitosa, aunque obviamente, él no hacía ninguna de ésas cosas.

Mi abuelo decidió seguir con los libros el mismo proceso que con las películas, diciéndome que eso no era un libro para niños, que ese era un libro para “gente grande”. Yo comenzaba a leerlo emocionada.

Mi abuelo marcaba el fin del mundo, su dimensión, qué tan grande era éste, pero, sobre todo, hasta dónde podía llegar.

Cuando mi curiosidad dio muestras de ser demasiado grande, comenzaron a quitar la llave que cerraba el librero porque yo preguntaba por libros “incómodos”, nunca volví a preguntar por ellos y la llave volvió a su sitio y los ojeé muchas veces a escondidas.

De pequeña lo quise mucho y tuve ese enamoramiento del que hablan los psicólogos, aunque en realidad nunca me dio motivos para gustarme, no era una persona de ojos tristes, ni tenía la elegancia de mi abuela, no era en absoluto interesante, era sólo mi padre; poco a poco fui desprendiéndome de  él, como una costra. Era católico, conservador, leía poco, le gustaba el fútbol y los deportes, era una de ésas personas que suelen no gustarme, pero yo aún seguía queriéndolo.

 Cada vez que iba a verlo no podía evitar sentirme disgustada con su familia, ¿mi familia? con su forma de ser, de reír, de comer, yo no era parte de ese mundo, era un extraña y me hacían sentir como tal, todos esos seres oscuros.

Esta noche soñé que era otra, soñé que cantaba hasta quedarme ronca, me reía tanto que empezaba a pensar que estaba loca. Yo era la otra, ella, pero también era yo misma.

 Nunca volví a darle una oportunidad, mi padre es un ser gris que lleva una vida lejos de la mía, un personaje al que llamaría Nada, porque nada destacable representa.

Lo confuso del sueño es que cuando ella me hablaba la miraba como a otra, pero al llegar a casa y verme en el espejo de la entrada, me vi exactamente igual a ella. Quizá por eso le dije que me deprimían los espejos, me ayudó a colocar una tela sobre el vidrio.

 Cuando tenía once años me dio un libro que hablaba sobre un divorcio, había un suicidio, el tío de la chica la obligaba a ver pornografía para después violarla, luego de seguir siete sencillos pasos, todos se perdonaban y la historia tenia un final cristiano y conmovedor, me preguntaba si de verdad lo había leído y, sobre todo cómo podía dármelo, era asqueroso y tan poco creíble como esos “guerreros”  lograban sanar y recuperarse.

Cuando cantaba, yo me dejaba tocar, entraba en  trance y ni siquiera me daba cuenta de las manos que recorrían mis senos y me alzaban la camiseta, luego la puerta y el desfile de rostros confusos uno a uno, la marcha interminable con la canción de fondo, sonando a lo lejos y también resonando en mis pulmones, en mi caja torácica, estallándome por dentro, la música humedeciéndome, escurriéndome, vaciándome, llenándome, dejándome indefensa. Tú preguntabas ¿es justo, se lo merecía, se daba realmente cuenta de que sus piernas pendían laxas, deshilachadas, igualitas que las de una marioneta?

Desde entonces, Mariana odia a la mayoría de mortales religiosos, le recuerdan el moralismo de su padre, lleno de contradicciones, y esa ocasión en la que su padre estuvo a punto de tocarla, ¿Qué diría su Dios? ¿El vengativo o el tolerante? si ella hubiera sido un poco más tonta, si no hubiera corrido despavorida a la cocina de la abuela; se llamaba Santa Eulalia, era realmente buena, por la noche podía verse un halo a su alrededor.

Lanzando los platos al suelo, uno por uno, deteniéndose a escuchar el sonido de su impacto. Lentamente, colocando las rosas por última vez en esta casa vacía, ésta que no volverá a pisar nunca, reconciliándose con sus muros y llorando una oración, una plegaria a los colibríes, al perro, a las ratas, a los seres de los que se despide; llorando, brotando como un río, mientras su hija de cuatro años la observa lavarse la cara, ponerse rímel, colocarse el brillo de los ojos, la sonrisa en la cara y el rojo sobre los labios; poner el jarrón sobre la mesa, cerrar la puerta.  

La abuela era una santa, doce hijos, y la especial carga del pobre Juan, el pobrecito era esquizofrénico, ni siquiera gritaba cuando Juan la golpeaba, cuando estrellaba su cara contra la pila, cuando la llevaba del pelo hasta la cocina para que le dijera dónde había escondido la comida. La abuela era una santa, había aprendido bien, era sigilosa hasta en la desgracia, comedida, discreta y sumisa. Se callaba a pesar de las miradas en la iglesia, cuando ésas viejas enfundadas en chales oscuros, cuando ésas mujeres que no tenían otra cosa que hacer, la señalaban.  Si fueran buenas cristianas se hincarían y pedirían perdón por su pecados, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, por eso ruego a santa María siempre virgen, a los santos, a los ángeles y ustedes hermanos para que intercedan por mi ante Dios nuestro señor. La miradas esquivas, por el rabillo del ojo, sus propias hijas cuchicheando a la hora de comer, señalando los moretones con los dedos sucios. Todo honor y toda gloria,  anunciamos tu muerte proclamamos tu resurrección. Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria ¡ven señor Jesús!

En el sueño cantaban, llevaba a muchas detrás, parecían olas, parecían sacadas de una postal. Respiraban al unísono, Ahí lo mismo daba que fuera Theroigne, Elvia Carrillo, Petra Gómez,  Simone, Ramona, Virginia, Aura, Beatriz, Aída, Soledad, Clara o Mariana. Eran una, un solo cuerpo, un solo rostro. A pesar de que algunas gritaban, a pesar de que otras callaban, unas silentes, unas locas, unas pestíferas, otras ígneas, perfumadas. Una sola, en su diferencia,  en su clamor distinto, en su llanto, en su descaro, sólo un rostro en cada carcajada. Me vi en ella, vi mis ojos en los suyos, tuve miedo, le pedí que tapara los espejos.
En el sueño, eran libres, sin dogmas, sin doctrinas, sin rosarios, vaginas de colores: pálidas, rosáceas, negras, verdes, lilas. Iban muchas, parecían olas.  





orquidea psicopata

Colectivo La Rosa



-          Yo opino que votemos por qué color de flores debemos de llevar, a mí no me gustan las flores rosas, además, yo creo que puede malinterpretarse si las llevamos de ese color. ¡Compañeros, recordemos que este no es un evento lúdico!, sino una conmemoración.
A Lucy se le ven los ojos redondos y pequeños, debido a las gruesas micas de sus lentes; es ágil para hablar, tiene el pelo rizado,  bastante flaca, sonríe a medias, se para con la espalda sumamente arqueada como un homínido.
-          Yo creo que ya debemos de votar, la compañera propone que no llevemos flores rosas, yo también estoy de acuerdo, creo que lo más adecuado para hacer la conmemoración sería llevar unas flores blancas, como de luto. Alcen la mano los que votan por las flores blancas.
Opina Saúl, el secretario, responsable de traer la laptop para tomar notas, aunque como las memorias de las asambleas no circulan nunca, nadie sabe si anota en ellas algo aparte de la fecha. Lo sospechan, sobretodo, porque opina acerca de cada uno de los puntos, pero escribe sumamente poco. Usa siempre una chaqueta verde militar y una gorra deportiva color negro.
-          ¡Compañero, no estoy de acuerdo, si estamos tratando de conmemorar un acto de violencia lo único que realmente nos representa es el color rojo! Alcen la mano los compas que estén de acuerdo.
Antonio dice de sí mismo, que es: muy otro; es moreno y bajito, pero su voz destaca por encima de las otras, no importa que se siente como siempre hasta atrás; juega a no figurar, pero siempre termina acaparando la palabra.
Raquel sonríe, sus ojos azules la vuelven demasiado bonita a los ojos de los demás, demasiado pálida para tener ideas propias. Para colmo, es feminista y usa un lenguaje incluyente que aburre a la mayoría. Siempre intenta recapitular.
-          ¡Compas, resumiendo, podemos votar por llevar las flores blancas, rojas o yo propongo  azules, agapandos azules que se relacionen con el logo de la colectiva, y propongo que votemos ya, para no perder más tiempo. A ver qué opinan todas y todos y seguimos con el siguiente punto de la agenda.
-          ¡Compañera, no hay que olvidarnos de que hay un punto trascendental que todavía no hemos discutido, no sé cuántos estén dispuestos a hacer acto de presencia, al menos, yo considero que es fundamental no sólo presentarnos para el acto conmemorativo, sino también para hacer guardias y apoyar a los compañeros!.
Enrique es siempre el que tiene la última palabra, el que saca a colación los temas no tocados, aunque poco o nada tengan qué ver con el punto que se encuentre discutiendo el resto de los presentes. Aunque es mejor conocido como “El Tiza”, porque siempre va atizado.  
Raquel replica nuevamente:
-          Bueno, entonces qué dicen las compañeras y los compañeros, ¿vamos a votar a no?
Saúl hace, de repente, lo que debió de haber hecho hace un rato,  nombrar una por una las opciones. Por mayoría de votos estos fueron los resultados: flores blancas: 6 votos,  rojas: 16, azules: 4, rosa: 4, abstenciones: 3
Lo cual da un total de treinta y tres votos, pero en la sala hay por lo menos cuarenta personas; el resto no decidieron abstenerse pero tampoco votaron por ninguna opción, tal vez hubieran deseado sentirse representados por algún otro color: violeta, salmón, menta, verde, café, durazno, mamey, fucsia, borgoña o cualquier otro...
Saúl concluye: bueno, pues, por mayoría, nos presentaremos a la conmemoración con flores rojas. Ahora pasaremos al siguiente punto, acerca de lo que mencionaba el compañero Enrique de hacer guardias y acto de presencia.
Ceci tiene el pelo negro y lacio, le llega a la altura del short o de la  falda, tiene las cejas gruesas, podríamos decir que es de complexión robusta. Ceci pide la palabra:
-          Compañeras y compañeros, al menos yo no estoy de acuerdo con que hagamos acto de presencia, el acto conmemorativo será el día 25, cuando terminemos con la marcha, pero yo tengo otras actividades que me impiden estar desde hoy 19, apoyando a los compañeros que se encuentran en la toma.
La mayoría de los presentes se revuelven en sus asientos, unos mientan madres, otros se mesan los cabellos, se jalan la barba, cambian de nalga, cruzan la pierna…
Antonio dice:
-          Como dice la compañera Ceci, que al menos tiene razón en eso, yo creo que debimos empezar a discutir ese punto de la agenda para comenzar con la sesión. Los compañeros que están ahorita en la toma están allá rompiéndose la madre, arriesgando su seguridad. Debemos enviar una comisión urgentemente que salga para allá y de una vez les lleve café o atole y ahorita vemos de a cómo cooperamos-.  Antonio es el clásico compa que coopera con un chicle (alguno que alguien le regalo), el que pide cigarros, encendedor, el que no lleva lápiz, pero que tiene el modelo de iphone más reciente. 
Raquel comenta:
-          Compañeras y compañeros, alcen la mano, las y los que puedan ir, para que armemos una comisión, al menos yo sí puedo.
 Lucy se levanta a medias, como siempre, su espalda forma un gancho, y así pide la palabra:
-          Compañeros, yo no estoy de acuerdo con que se mande una comisión para apoyar porque no me siento representada por la toma, es un movimiento suyo y cuando hemos armado aquí algo colectivo, ellos nunca nos han dado ningún apoyo, opino que no debemos desgastarnos haciendo turnos porque eso no ha sido algo recíproco.
Saúl deja su Mac y su coca light sobre la tarima y pide la palabra:
-          ¡Lo que dice la compañera es una clara muestra del sistema capitalista, muestras del individualismo y egoísmo, como esas, son lo que no nos deja avanzar! ¡Yo opino que es algo sumamente urgente armar una comisión de al menos veinte para que nos estemos turnando y nos vayamos desde ahorita a apoyar! Alcen la mano los que estén de acuerdo con armar la comisión.
Unas dieciocho personas alzaron la mano, y Saúl añadió: - Alcen la mano los que podrían ir ahorita, en la noche o mañana para ir anotando horarios para la comisión.
Saúl y Antonio alzaron el brazo, nadie más, (¿quién da más, quién da más?).
Saúl tomó de nuevo la palabra y por enésima vez repite:
-          Compañeros, quiénes podrían ir a alguna hora para allá a apoyar a los chavos de la toma
Raquel siente la necesidad de aclarar:
-          Compas, yo no alcé la mano porque creo que Ceci tiene la razón, no tenemos mucha relación y ellos nunca han mostrado solidaridad con nuestros movimientos, así que, yo sí quiero irme para allá pero no quiero ir como representante de la Asamblea, sino a título personal. Además, no sé, si se pone muy feo en la noche no creo quedarme, así que no quiero cargar con esa responsabilidad.
Antonio agrega:
-          ¿Alguien más compañeros?, necesitamos que se vea que somos participativos, ¿quiénes más quieren ir a apoyar?
Nadie más alzó la mano, excepto Chilo,  el gordito de barba que siempre se sienta hasta al fondo,  la alzó pidiendo la palabra.
-          Compañeros, yo la neta opino que esto ya se esta alargando mucho, y mi jefa ya me está esperando afuera. Hay que votar para ver quiénes están de acuerdo con que se haga la comisión y sino ya pa´ que se vaya cada quien personalmente.
Saúl realiza el conteo de votos, treinta y seis brazos se alzan para votar ahora por que no se arme la comisión. Antonio dice en voz alta que decide irse para allá y anuncia que va a comprar café y galletas, y que aunque no vaya como representante, ahí los que le quieran cooperar. Dos o tres sacan una moneda de un peso, otros de cincuenta centavos, y con tres pesos en la bolsa, Toño se lanza para apoyar al movimiento.  
Los asistentes mientan madres, se rascan, se jalan el pelo, se remueven en las sillas como si tuvieran picapica, o como si aplicaran la técnica del oso contra el árbol para rascarse las pulgas de la espalda, otros muchos se ponen a platicar, se escuchan, sobre todo, frases como estas: -por eso México no avanza-, -esta madre ya se tardó mucho-, -nunca nos ponemos de acuerdo en nada-, -mmm Dios, estos vergas, caen mal, para qué salen con sus mamadas, primero hubiéramos votado por eso-, -si quieren votamos también por saber de qué color tengo los ojos-, -oigan chicos ya cállense ¡no manchen!-, -son chingaderas-, -no estén chingando-, -¿ya vámonos no?.
La gente entra o sale cada seis segundos, van al baño, a comprarse un chesco, salen a estirarse, entran a bostezar o a contestar llamadas… los más, se envían whats entre ellos, criticando el peinado nuevo de fulana o los recientes tres pelos que le salieron en la barba a perengano.
Rosa también parece desesperada, los maestros del Colectivo salieron hace más de una hora, no esperaron siquiera a conocer el acuerdo acerca del trascendente asunto de las flores. Tiene sesenta y cuatro años, es delgada, ojos grises. No ha dicho nada desde que entró, era la única que estaba esperando adentro, en las butacas, desde las once en punto, tal como el cartel anunciaba la hora de inicio. Sobra decir que Rosa no es mexicana, es francesa, además es la única extranjera del Colectivo. En Chiapas, lleva sólo algunos meses; viviendo en México, casi nueve años, aunque no termina de acostumbrarse.
-          Míralo bien, vos Ceci, sus ojos son como dos abismos, no por profundos, sino por negros, igual de negros que mi chingada suerte, desde el día que me lo crucé por el camino
-          Ay Marianita, cómo sos de exagerada, vos siempre dándole importancia a las chingaderas de ese pinche grillo, no le hagás caso, como dice mi abuelito: hacerle caso a un pendejo es engrandecerlo.
Rosa tiene el pelo cano. Sus ojos cambian de color, heredó los ojos de su abuelo, que siempre se veían más claros y más azules luego de ser limpiados por el llanto, y parecían irse oscureciendo, hasta volverse aceitunas negras cada vez que se aproximaban los días de tormenta.
-          ¡Mira, buey! ahí esta otra vez la profe Toussaint.
-          ¿Quién dices, wey?.
-          ¡La profe Rosa, wey!, a mí me está dando clases, ¡es recabrona y bien pinche estricta!, te pregunta de toda la lectura, ¡hasta del final! pa´ ver si de verdad leíste.
Rosa tenía diecisiete años en 1968, recuerda las pláticas sobre socialismo que daban sus profes en el bachillerato artístico, recuerda su entrada a la Universidad de Historia, aquellas conferencias de Foucault y Hosbawn, las charlas con Sartre y la Beauvoir. Su generación fue de lucha radical, del feminismo de la diferencia, una generación marxista, pero peleada con el marxismo,  maoísta pero peleada con los Tribunales de Justicia de Mao, estaban en contra de todo tipo de establishment, y hoy todavía siente que su generación peleó con uñas y garras lo que otros negociaron, lo que hoy se vende por un pedacito de poder.
-          Ni te he contado, Ceci, de lo del otro día, es que el desgraciado inventó que yo había dicho que José ya estaba muy quemado, el José me reclamó cuando le dijeron y namás le dije quemado él, el otro, que anda inventando cosas y dándole las nalgas al maestro, ay pues sí, Ceci, las nalgas o la boca quién sabe qué le da, pero ellos sí que ya no tienen credibilidad.
Rosa suspira, se mesa los cabellos canos, recuerda las asambleas generales de ese entonces, se imagina las de la UNAM, imagina a Margarite Duras en el coche descapotable ondeando una bandera del Partido Comunista, acompañada por Georges Bataille y Edgar Morín. ¿Imagina o recuerda? ¿Recuerda o se imagina?
-          Ay, Marianita, es que si les tenemos miedo ellos nos ganan. No se vale que él siga siendo el secretario, sabes que ya nadie lo apoya. Todos estamos hartos de que sea tan prepotente, hartos de que esté inventando mentiras de nosotros. Tú sí podés hacerle frente, sabes que nosotros te apoyamos.

-          Pues sí pero es que, la neta, sabes que sí está muy cabrón, eso de andar acusando gente, no cualquiera, por más que tengamos los audios… No tenemos suficientes pruebas para saber de a cómo les toca al Saúl y al Toño. Yo ya les dije que no me voy a arriesgar por nadie, si no nos organizamos todos y le entramos parejo, yo no voy a arriesgar el culo.
Piensa una vez más en aquellas recriminaciones, en los juegos sucios de quienes señalaban entonces, de quienes señalan ahora, hablando de marxismo y de integridad, mientras apuntaban a otros con los dedos sucios. Hablando de lucha colectiva mientras se ocupaban sólo por llenarse los bolsillos propios. Los que se vendieron entonces, son los mismos que compran gente ahora. Los mismos, siempre son los mismos, el Saúl va para maestro, de seguro también entrará en la lucha sindical, creo que desde el mismo día en que nació se volvió político, pero de los malos. ¿Quién fue el último político bueno?
-          De veras, no sé para qué carajos entra a las asambleas, si se ve su cara de desesperada, bueno es la  cara que pone siempre, la mismita que hace en el salón.
-          ¿Ya viste cómo se le corre el rímel?
-          ¡Sí, goey, qué pedo!
-          ¡Ya cállense, pinches viejas, dejen de estar chingando!
-          ¡Uy sí! La Carlita como siempre de lameculos, defendiéndola.
Rosa cambia de posición.  Usa un delineador que no es a prueba de agua, y a estas horas del día, no sé si por el sudor o por estar a punto del llanto, pero es habitual verla con una  mancha negra cerca de los ojos. Eso le da un aspecto todavía más extraño. Se viste siempre con vaqueros muy gastados, con suéteres por lo menos tres tallas más grandes, que hasta parecen sacados de una revista de 1820, usa siempre chanclas; y es, por mucho, la más grande de todos los presentes. Encima, no usa celular, durante las Asambleas no habla nunca… y esas manchas negras alrededor, terminan por coronar ese aspecto de loca. Rosa soporta las tres horas y media de la Asamblea General, mientras piensa, imagina o recuerda, pero ya no le quedan fuerzas en el cuerpo, para qué hablar, para qué pararse, para qué salirse, para qué escapar.
Saúl declara cerrada la sesión, recordando que la escuela sigue en Asamblea Permanente en apoyo al movimiento de los compañeros.
-          Mirá, vos Ceci, es que me caga que hable por todos los demás, quién le dio la legitimidad, la autoridad, si no nos representa, si toda esa bola de corruptos no tienen ni tantita credibilidad.

-          Compañeros, antes de irse, no se olviden de que mañana a las once, es la siguiente Asamblea General.

Tiene la misma mirada de abandono que Gandhi cuando trabajaba sus tejidos, esa misma mirada de gato. Mira al cielo, con ojos oscuros, ve a los chicos alejarse. Saúl, Mariana, Ceci, ya cállense, pinches chamacos. Niñas, ¿dónde queda su sororidad? Hoy puedes ser Marianita, y  mañana Cecilia, Cathy, Lucía, Gwen, Raquel, Anna Belle o…Rose. Y siente que no le quedan más fuerzas en el cuerpo. Se aleja de prisa, está a punto de llover.







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