miércoles, 3 de octubre de 2012

Es la vida un

Éxodo

Involuntario

Que

Rompe los tímpanos,

Deja heridas, migrañas,

E ideas precarias de

Malos espíritus que

Viven en casa.





orquidea psicopata

jueves, 23 de agosto de 2012

La Caida




Hoy por primera vez conocí el significado del miedo, no se trata de un concepto abstracto el cual haya podido aprender, entender, al menos hasta ahora. Si me obligaran a llamarlo de forma alguna lo nombraría, desesperanza.





Tengo miedo de parar, detenerme seria fatídico o tal vez no, ¿Qué sentido tiene conservar el testimonio de algo que jamás será leído ni estará al alcance de ninguno? Es probable que a este virus nadie sobreviva. Pero antes los libros tampoco eran leídos, terminaban devorados por el polvo, carcomidos por el paso de los años, no sé cuando comenzó, ahora me pregunto si ahí nació el germen que ocasionó nuestra caída.





Los acontecimientos que últimamente han sobrevenido y me han atrapado en este vórtice me obligan a cortar con las vivencias que hasta ahora conformaban este diario. La responsabilidad hiere mis huesos, esta carga es demasiado grande para un hombre solo.

Me veo obligado a introducir aquí este relato, con la única esperanza de que alguno pueda leerlo todavía:





El mundo antiguo baso su desarrollo y su crecimiento en un recurso perecedero, una especie de resina. La población creció inevitablemente, por absurdo que parezca la necesidad de ese producto no disminuyo, como si se tratase de una droga su consumo creció y se volvió imprescindible en la alimentación, en el vestido, limpieza, transporte, comunicaciones, fabricación de viviendas y absolutamente todos los enseres. Como era de esperarse sobrevino la caída, la perdida es incalculable.

Sabemos que antes existían escuelas especializadas, que cada uno era etiquetado y clasificado, que desempeñaba una función acorde a sus características, por desgracia nuestro conocimiento del pasado es insuficiente y nunca hemos podido llegar a entender los móviles de su comportamiento, su fin nos hace preguntarnos si se debió puramente a la ignorancia, la indiferencia o más bien a un irreductible impulso autodestructivo que siempre los precipito hacia el abismo.

La única responsabilidad de nuestra especie es escribir cada día una frase de la historia, con la finalidad de evitar repetir los errores del pasado, de reafirmar nuestra individualidad o simplemente dejar una huella tangible de la existencia de cada uno de nosotros.

Cada libro es guardado en un recinto publico, su contenido es único y su llenado es absolutamente bajo la responsabilidad de cada dueño, sin reglas ni presiones, el único requisito es plasmar por lo menos una frase cada día, nunca, bajo ningún motivo debe dejar de hacerse esto, pues acarrearía consecuencias catastróficas.

Hace poco tuvo lugar un mal que nunca antes había visto, una especie de desaliento que parecía transmitirse como un virus, las personas se infectaban extraordinariamente rápido, las tareas comunitarias, todas aquellas labores que aseguran que nuestras necesidades básicas estuvieran cubiertas fueron abandonadas, después vino el peor golpe cada mujer y cada hombre abandono la labor del llenado de su historia, así, como por descuido. Lo grave no es solo que todas esas vidas se pierdan sin testimonio ni sentido. Lo preocupante es que ahora abandonamos el lenguaje, ese que quizá fue la única arma que nos hizo los descendientes de esa antigua civilización. Nos precipitamos de nuevo irremediablemente hacia la nada, hacia el vacio. No solo se encuentra en peligro nuestra especie sino también la posibilidad de que al menos se conserve algún vestigio.

Por eso escribo, por eso tengo miedo de parar, quiero ser el último. Porque sé, porque he visto que soy el único que aún se rinde ante olvido, ese que todavía respeta la única regla que nos hizo resistir. Porque pienso permanecer hasta el final, temo que me falten fuerzas y ya no pueda, cuando ni una palabra ni una ultima, porque entonces…





orquidea psicopata
Un trabajo mecánico




Empleado A, ayudante B, auxiliar C, escogió el puesto porque lo requerían solo durante doce horas, no catorce como en la oficina central ni dieciocho como en la fábrica cincuenta y ocho, donde anteriormente había trabajado.

El día que leyó en el periódico “se solicita empleado A, buena remuneración, requisitos: sexo: masculino, edad indefinida, y con conocimientos en administración” caminó de prisa hacia ahí.

Es un trabajo sencillo le dijeron. Un trabajo sencillo, que sin embargo no admite distracciones, cualquier pensamiento banal tendría consecuencias catastróficas, tal como le advirtieron: un movimiento en falso y las cuadrículas ya no serían simétricas, entonces las actas no podrían llenarse, los magistrados emitirían una queja, verían su número de empleado cuidadosamente escrito al reverso de la página, revisarían sus siglas EA, AB, AC, entonces él…

Un trabajo sencillo, adecuado a sus capacidades y a su temperamento, solamente debía trazar líneas en ángulo recto, siguiendo las medidas adecuadas. Un trabajo mecánico, sus manos se deslizan de una forma ya automática.

Si sólo por una vez rompiera las normas y alzara la cabeza para observar los rostros de los demás empleados, cada uno idéntico a él, realizando exactamente el mismos trazo, siendo cada uno el empleado A, el ayudante B, el auxiliar C, quizá podría levantarse y salir a conocer el mundo ¿para qué? Para recorrer una vez más las demás fábricas, los otros mundos llenos de fojas y polvo, de hojas de cálculo, las torres de estadísticas...

Quizá lo más difícil de su trabajo sea dejar los cientos de folios sobre el escritorio, con la orden estricta de dejar secar los trazos, para encontrar al día siguiente, exactamente los mismos cuatrocientos noventa y seis folios, para empezar a trazar las mismas líneas, sin pensar, sin pensar en el pequeño detalle de que la tinta al secar se vuelve transparente.





Orquídea.



viernes, 17 de agosto de 2012

Topo







“El topo el un animal que cava galerías bajo la tierra buscando el sol; A veces su camino lo lleva a la superficie, cuando ve el sol, queda ciego”

A. Jodorowsky





Topo



Sus ojos se vuelven cada vez más negros, empequeñecidos por la luz, las ruedas de color pardo se ensanchan más, forman bolsas oscuras alrededor.

La ola de luz cae sobre su cabeza como un hacha, una avalancha que la obliga a entrecerrar los ojos, siente como la corteza cerebral palpitan debajo de su cráneo, cada latido es una punzada más aguda y cada vez entrecierra más los parpados, incapaz de centrar su atención, incapaz de alejar el dolor, sus globos oculares se hinchan todavía más, pero no explotan, su piel palidece bajo el incesante destello artificial. Pero de su boca solo sale un “buenos días, estamos para servirle, lo puedo ayudar en algo” ni un quejido, auque duela, auque sus ojos ardan como el carbón.

Ni plegarias ni ruegos, solo busca aferrarse a las cosas buenas, busca pensar en las cosas bellas, no en las arañas de luz que penden desde cualquier ángulo sobre su cabeza… pero ¿las cosas buenas dónde están?


miércoles, 25 de abril de 2012

RAUL GARDUÑO:


Misteriosa y ardientemente mía
La soledad de tu cuerpo se tiende a mi lado para inaurar la vida
Y no dejas de pasar con tus racimos de sangre
Lúcida y desnuda,
Desnuda hermosamente
Ofuscada como la vela de un barco en el aire.
Rotunda,
Así la imagen del mundo sólo es una sonrisa a tus pies.

Conoces el remolino que hay en nuestros corazones,
Un remolino profundo
Algo así como un vacío que va sumando nuestras abundancias,
La forma de la abundancia que eres tú, quitandote la ropa con mis manos,
Diciendome una palabra de la vida,
una palabra oscura y silenciosa ,
indecible,
como a ciertas horas el corazón.

Todo es una selva en guerra
Un hundirse en la delicia,
Ya no saber nada,
Ya no ignorar nada.
La lujuria vaga en nuestros cuerpos
La lujuria es una campana despertando en tu boca.
Todo es el mar, todo es la tierra.
La elegancia con que el sol entra en el cuarto
como si no supiera nada,
Los recuerdos, los recuerdos.


martes, 25 de octubre de 2011

Tengo Hambre




Tengo Hambre

Renata vivía en la región más apartada, una ladera  resguardada tras las montañas en la frontera del país. Su madre le enseño la época de siembra y también le dijo cuando cosechar, le dijo que la vida era cíclica, igual que la vida de las plantas, la mancha oscura en su sexo y la migración de las aves. Eran astro eterno, que gira incesante y se repite  a cada año en la floración de los granos y el nacimiento de los insectos. Pasaban los días sentadas viendo al norte, viendo la puesta de sol.
Un día su madre cayó enferma, desde el lecho de muerte le susurro otra vez la historia del viajero que un día  pasó, durante el  invierno,  dijo: tengo hambre; y se quedo ahí hasta su muerte, pocos meses después de que los bendijeran en el templo. El templo, las decenas de niños que algún día corrieron por ahí, todo tenía un sabor metálico, añejo. Renata saboreaba las palabras, intentaba imaginarse si algún día le ocurriría ella, si ella también daría de beber a un viajero fornido y sediento, si ella también algún día observaría a la gente yendo al río con sus tinajas cargadas de agua.
Renata se quedo sola con ese montoncito de palabras, que amasaba  y echaba a rodar, se quedo sola y  siguió mirando al norte, viendo los pájaros mientras esperaba. Intentaba imaginarse a un hombre, pero hacía tanto que no veía a ninguno.
Continuaba la polinización de la plantas, seguían los vientos fríos, regresaban los días más cortos y Renata murmuraba esa frase gastada que seguía resplandeciendo, retumbaba en sus oídos.
Pasaron varios años y al fin apareció un viajero con la piel enrojecida por el frío: murmuro entre dientes, tengo frío. Renata entonces lo miró con desconfianza, y aunque le dio un poco de sopa e incluso  lo dejo dormir dentro de la casa, lo miraba con un gesto de apatía, intentaba buscar alguna frase que su madre hubiera dicho, quizá ella se había equivocado… pero no, estaba segura que allí no se encontraba  su destino.
 Después de varios años, llegó un hombre joven,  se acerco y le dijo: soy tu noche. Renata repitió la frase mentalmente, pero nunca logró comprender su significado, hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie, recordaba solamente esas palabras, que de vez en cuando murmuraba su madre, que ahora repetía ella maquinalmente.
 El viajero llevaba objetos frágiles, parecían enmohecidos por el tiempo, se ofreció a dejarle alguno, pero a ella no le divertía el contacto con ese material rígido, quebradizo y polvoso, de nada le servían, ella no sabía leer, tampoco creía que su madre hubiera aprendido nunca.

 Con el paso de los años cada vez pasaba menos tiempo entre la visita de un viajero y otro, ese año llego un hombre que parecía nervioso, dijo: ayúdame, y le ofreció una gran cantidad de oro por quedarse a vivir en esas tierras, quería esconderse, quería huir. Renata tuvo miedo y esa noche escondió un cuchillo bajo la cama. Tenía miedo, comenzaba a dudar de sus palabras, de esas que le habían mostrado el mundo,  ¿las frases habían perdido su sentido?
Pasados unos meses se acercó un hombre de piel oscura: dijo tengo hambre, y Renata abrió los ojos, sonrió confiada, saboreo la frase, era tan dulce como le había parecido siempre.  Por fin podría girar trepada a la vida. Se sentía conectada con ese hombre, enraizada él desde otra vida.
 Alzó los ojos y se sintió también bendecida por decenas de pájaros que celebraban su unión, pensó en su madre y en esas parejas de viejos de los que ella hablaba, esos que  fueron muriéndose de a poco mientras Renata crecía en un pueblo cada vez más muerto.
Quedó embarazada pronto, lo supo por las nauseas y el aleteo desmedido en sus entrañas, por  su imposibilidad para trabajar, que  también se acrecentaba por los golpes que de vez en cuando le propinaba ese hombre.
Renata se centro entonces en recordar esas palabras gastadas, desvaídas de su madre, hablándole de los días de lluvia, de la consecuente enfermedad, de la fiebre y el frío, del dolor de huesos de su padre, hasta que al fin se quedo viuda.
 Renata dudaba por primera vez, ¿y si ella tenía que empujar la vida? ¿Y si su madre también lo había hecho pero había sido incapaz de contarle la verdad? ¿Si no llegaba la enfermedad? porque  la vida era cíclica, y la vida de las plantas, la mancha oscura en el sexo, la migración de las aves, y el astro que  gira incesante y la floración de los granos y él dijo: tengo hambre.  Y ahí estaba de nuevo, esa pequeña niña, esa vida frágil, esas palabras viejas guardadas en el baúl de la memoria, esa forma de conocer el mundo… y acariciaba el cuchillo pensando en el frío, en la fiebre, en el dolor de huesos,  ya sólo  pensaba en enviudar.



jueves, 8 de septiembre de 2011

Preludio




Lo llaman el pueblo de los vómitos gracias al perfume que emana de sus alcantarillas, aroma certero y profundo que termina infestando a las flores,  haciendo que de sus pétalos  escape un olor de flor carnívora.
Pero la razón principal por la que así lo hayan bautizado es, lógicamente, porque sus calles están plagadas de regalos fétidos;  náuseas coloridas, sustanciosas, como pocas cosas aquí. Al principio se observan policromías de lo más interesantes, ocres, bermellón, rojos cresta de gallo, anaranjados, grises, incluso un llamativo verde acuoso, jadeíta. El paso del tiempo hace estragos en la peculiar decoración urbana que va ennegreciéndose poco a poco. El polvo, la polución y el esparcimiento ejercido por los caminantes la convierten en una fina película  de color pardo que se extiende  sobre la acera.
Lo que resulta insólito para quien visita el pueblo por primera vez es la desidia de los habitantes, pues todos sabemos que los vómitos son una característica típica de los pueblos, sólo una muestra más de la idiosincrasia moderna, relacionada directamente con la diversión e incluso  con la controvertida enfermedad del alcoholismo (esa que algunos consideran común en nuestro tiempo). Lo raro es que aquí nadie se molesta en soltar un cubo de agua sobre la mancha fétida, como suele ocurrir en otros sitios, ella se queda aquí hasta que se desintegra, lo mismo ocurre con esos trozos de mierda de los perros (que no son de la calle) y de algunas otras bestias bípedas, los cuales tardan meses hasta que  al fin se descomponen y se esparcen, graciosos e ingrávidos por nuestras cabezas. Igualmente curioso es el olor  a orina ácida que  reina en el ambiente.

Muchos habitantes de tan pintoresco sitio, no deben considerarse menos interesantes, aquí tienen lugar las conversaciones más edificantes.

En primer lugar tenemos esa sensación de levedad, esa poca importancia que se otorga a las personas y sucesos, el olvido es algo directamente relacionado con la mentalidad de los habitantes, resulta casi increíble la facilidad con la que pueden olvidar. Lo que para otros resultaría denigrante, insoportable, se pasa por alto con esa misma ligereza con la que discurre todo.
Quizá eso es debido a la segunda conducta  más observada en la forma de relacionarse: mujeres y hombres de todas las edades hacen gala de un elevado nivel educativo, al usar una amplia gama de improperios que usan de forma habitual  para referirse a los demás o estar en contacto con ellos. Podemos tomar cualquier escenario como ejemplo: la estación de tren, el supermercado, un bloque de pisos, la carnicería, la plaza, los estacionamientos, la oficina de correos, los restaurantes, etcétera. Como dice la célebre frase: el perico donde quiera es verde.
Quizá esa capacidad para cagarse en todo y todos, sea lo que les permite luego dar el siguiente paso, soltar amarras en lo relacionado con sus emociones.
Acerca de los sentimientos cabe decir que no podemos clasificarlos como sensibles, sino más bien como “enardecidos”, eso se observa en la poca frecuencia con la que se oyen declaraciones de amor, alabanzas, reconocimiento, agradecimiento o análisis. Sus ojos se incendian al lanzar alguna maldición, al parecer puramente surgida del odio.
El tercer punto que nos atañe en cuanto a su forma de comunicarse, es la voluntad que las personas parecen tener por interactuar. Los sujetos prefieren decir prácticamente cualquier cosa antes que quedarse callados. Esto da lugar a los diálogos más surrealistas que podamos imaginarnos. Muchas veces ni siquiera son palabras sino onomatopeyas las que vienen a llenar esos espacios huecos que se arrebatan al silencio. En esta categoría caben las obviedades, muchas veces las personas parecen darse cuenta de lo innecesarias que resultan sus observaciones, lo cual las lleva comúnmente a dejarlas ahí, colgando, inacabadas.
Podríamos ilustrar el presente informe con una infinidad de ejemplos dignos de incluirse en nuestros libros para su estudio, pero son tantos que resultaría una tarea interminable recoger muestras suficientes.
La desconfianza, la abulia, la ausencia de sinceridad, la envidia y las ganas de perjudicar a los demás parecen haber arraigado con más fuerza en la mayoría de habitantes, seguramente esto pueda explicarse por medio de su historia. El daño que la guerra ha causado aquí, es tal, que muchas veces, uno tiene la sensación que ésta todavía continúa, una lucha silenciosa, compuesta por intrigas, difamación y furia; una guerra fría.
Sin duda el dato más extraño obtenido por nuestros investigadores, fue que por cada diez mil habitantes siempre había uno en el que no se observaban ninguna de las características anteriores, ellos, quienes presentan un comportamiento  y  unas capacidades cognoscitivas perfectamente normales, intentan vivir al margen, se esconden, huyen. Es tanta la presión social que se ven obligados a vivir en el subsuelo, ocultos como cucarachas, por lo tanto es muy difícil agruparlos para su estudio, siquiera precisar de cuantos sujetos hablamos.
Por tanto decidimos terminar aquí esta introducción, solicitamos autorización para comenzar con la primera fase de la investigación, asimismo, abrir el siguiente archivo donde podamos incluir algunos datos sobre dichas  excepciones.



orquidea psicopata

El gato

La Coordinación de Juventudes Laicas tuvo a bien presentar un programa de citas ante la creciente dificultad de sociabilidad humana y ...