jueves, 23 de agosto de 2012

Un trabajo mecánico




Empleado A, ayudante B, auxiliar C, escogió el puesto porque lo requerían solo durante doce horas, no catorce como en la oficina central ni dieciocho como en la fábrica cincuenta y ocho, donde anteriormente había trabajado.

El día que leyó en el periódico “se solicita empleado A, buena remuneración, requisitos: sexo: masculino, edad indefinida, y con conocimientos en administración” caminó de prisa hacia ahí.

Es un trabajo sencillo le dijeron. Un trabajo sencillo, que sin embargo no admite distracciones, cualquier pensamiento banal tendría consecuencias catastróficas, tal como le advirtieron: un movimiento en falso y las cuadrículas ya no serían simétricas, entonces las actas no podrían llenarse, los magistrados emitirían una queja, verían su número de empleado cuidadosamente escrito al reverso de la página, revisarían sus siglas EA, AB, AC, entonces él…

Un trabajo sencillo, adecuado a sus capacidades y a su temperamento, solamente debía trazar líneas en ángulo recto, siguiendo las medidas adecuadas. Un trabajo mecánico, sus manos se deslizan de una forma ya automática.

Si sólo por una vez rompiera las normas y alzara la cabeza para observar los rostros de los demás empleados, cada uno idéntico a él, realizando exactamente el mismos trazo, siendo cada uno el empleado A, el ayudante B, el auxiliar C, quizá podría levantarse y salir a conocer el mundo ¿para qué? Para recorrer una vez más las demás fábricas, los otros mundos llenos de fojas y polvo, de hojas de cálculo, las torres de estadísticas...

Quizá lo más difícil de su trabajo sea dejar los cientos de folios sobre el escritorio, con la orden estricta de dejar secar los trazos, para encontrar al día siguiente, exactamente los mismos cuatrocientos noventa y seis folios, para empezar a trazar las mismas líneas, sin pensar, sin pensar en el pequeño detalle de que la tinta al secar se vuelve transparente.





Orquídea.



viernes, 17 de agosto de 2012

Topo







“El topo el un animal que cava galerías bajo la tierra buscando el sol; A veces su camino lo lleva a la superficie, cuando ve el sol, queda ciego”

A. Jodorowsky





Topo



Sus ojos se vuelven cada vez más negros, empequeñecidos por la luz, las ruedas de color pardo se ensanchan más, forman bolsas oscuras alrededor.

La ola de luz cae sobre su cabeza como un hacha, una avalancha que la obliga a entrecerrar los ojos, siente como la corteza cerebral palpitan debajo de su cráneo, cada latido es una punzada más aguda y cada vez entrecierra más los parpados, incapaz de centrar su atención, incapaz de alejar el dolor, sus globos oculares se hinchan todavía más, pero no explotan, su piel palidece bajo el incesante destello artificial. Pero de su boca solo sale un “buenos días, estamos para servirle, lo puedo ayudar en algo” ni un quejido, auque duela, auque sus ojos ardan como el carbón.

Ni plegarias ni ruegos, solo busca aferrarse a las cosas buenas, busca pensar en las cosas bellas, no en las arañas de luz que penden desde cualquier ángulo sobre su cabeza… pero ¿las cosas buenas dónde están?


miércoles, 25 de abril de 2012

RAUL GARDUÑO:


Misteriosa y ardientemente mía
La soledad de tu cuerpo se tiende a mi lado para inaurar la vida
Y no dejas de pasar con tus racimos de sangre
Lúcida y desnuda,
Desnuda hermosamente
Ofuscada como la vela de un barco en el aire.
Rotunda,
Así la imagen del mundo sólo es una sonrisa a tus pies.

Conoces el remolino que hay en nuestros corazones,
Un remolino profundo
Algo así como un vacío que va sumando nuestras abundancias,
La forma de la abundancia que eres tú, quitandote la ropa con mis manos,
Diciendome una palabra de la vida,
una palabra oscura y silenciosa ,
indecible,
como a ciertas horas el corazón.

Todo es una selva en guerra
Un hundirse en la delicia,
Ya no saber nada,
Ya no ignorar nada.
La lujuria vaga en nuestros cuerpos
La lujuria es una campana despertando en tu boca.
Todo es el mar, todo es la tierra.
La elegancia con que el sol entra en el cuarto
como si no supiera nada,
Los recuerdos, los recuerdos.


martes, 25 de octubre de 2011

Tengo Hambre




Tengo Hambre

Renata vivía en la región más apartada, una ladera  resguardada tras las montañas en la frontera del país. Su madre le enseño la época de siembra y también le dijo cuando cosechar, le dijo que la vida era cíclica, igual que la vida de las plantas, la mancha oscura en su sexo y la migración de las aves. Eran astro eterno, que gira incesante y se repite  a cada año en la floración de los granos y el nacimiento de los insectos. Pasaban los días sentadas viendo al norte, viendo la puesta de sol.
Un día su madre cayó enferma, desde el lecho de muerte le susurro otra vez la historia del viajero que un día  pasó, durante el  invierno,  dijo: tengo hambre; y se quedo ahí hasta su muerte, pocos meses después de que los bendijeran en el templo. El templo, las decenas de niños que algún día corrieron por ahí, todo tenía un sabor metálico, añejo. Renata saboreaba las palabras, intentaba imaginarse si algún día le ocurriría ella, si ella también daría de beber a un viajero fornido y sediento, si ella también algún día observaría a la gente yendo al río con sus tinajas cargadas de agua.
Renata se quedo sola con ese montoncito de palabras, que amasaba  y echaba a rodar, se quedo sola y  siguió mirando al norte, viendo los pájaros mientras esperaba. Intentaba imaginarse a un hombre, pero hacía tanto que no veía a ninguno.
Continuaba la polinización de la plantas, seguían los vientos fríos, regresaban los días más cortos y Renata murmuraba esa frase gastada que seguía resplandeciendo, retumbaba en sus oídos.
Pasaron varios años y al fin apareció un viajero con la piel enrojecida por el frío: murmuro entre dientes, tengo frío. Renata entonces lo miró con desconfianza, y aunque le dio un poco de sopa e incluso  lo dejo dormir dentro de la casa, lo miraba con un gesto de apatía, intentaba buscar alguna frase que su madre hubiera dicho, quizá ella se había equivocado… pero no, estaba segura que allí no se encontraba  su destino.
 Después de varios años, llegó un hombre joven,  se acerco y le dijo: soy tu noche. Renata repitió la frase mentalmente, pero nunca logró comprender su significado, hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie, recordaba solamente esas palabras, que de vez en cuando murmuraba su madre, que ahora repetía ella maquinalmente.
 El viajero llevaba objetos frágiles, parecían enmohecidos por el tiempo, se ofreció a dejarle alguno, pero a ella no le divertía el contacto con ese material rígido, quebradizo y polvoso, de nada le servían, ella no sabía leer, tampoco creía que su madre hubiera aprendido nunca.

 Con el paso de los años cada vez pasaba menos tiempo entre la visita de un viajero y otro, ese año llego un hombre que parecía nervioso, dijo: ayúdame, y le ofreció una gran cantidad de oro por quedarse a vivir en esas tierras, quería esconderse, quería huir. Renata tuvo miedo y esa noche escondió un cuchillo bajo la cama. Tenía miedo, comenzaba a dudar de sus palabras, de esas que le habían mostrado el mundo,  ¿las frases habían perdido su sentido?
Pasados unos meses se acercó un hombre de piel oscura: dijo tengo hambre, y Renata abrió los ojos, sonrió confiada, saboreo la frase, era tan dulce como le había parecido siempre.  Por fin podría girar trepada a la vida. Se sentía conectada con ese hombre, enraizada él desde otra vida.
 Alzó los ojos y se sintió también bendecida por decenas de pájaros que celebraban su unión, pensó en su madre y en esas parejas de viejos de los que ella hablaba, esos que  fueron muriéndose de a poco mientras Renata crecía en un pueblo cada vez más muerto.
Quedó embarazada pronto, lo supo por las nauseas y el aleteo desmedido en sus entrañas, por  su imposibilidad para trabajar, que  también se acrecentaba por los golpes que de vez en cuando le propinaba ese hombre.
Renata se centro entonces en recordar esas palabras gastadas, desvaídas de su madre, hablándole de los días de lluvia, de la consecuente enfermedad, de la fiebre y el frío, del dolor de huesos de su padre, hasta que al fin se quedo viuda.
 Renata dudaba por primera vez, ¿y si ella tenía que empujar la vida? ¿Y si su madre también lo había hecho pero había sido incapaz de contarle la verdad? ¿Si no llegaba la enfermedad? porque  la vida era cíclica, y la vida de las plantas, la mancha oscura en el sexo, la migración de las aves, y el astro que  gira incesante y la floración de los granos y él dijo: tengo hambre.  Y ahí estaba de nuevo, esa pequeña niña, esa vida frágil, esas palabras viejas guardadas en el baúl de la memoria, esa forma de conocer el mundo… y acariciaba el cuchillo pensando en el frío, en la fiebre, en el dolor de huesos,  ya sólo  pensaba en enviudar.



jueves, 8 de septiembre de 2011

Preludio




Lo llaman el pueblo de los vómitos gracias al perfume que emana de sus alcantarillas, aroma certero y profundo que termina infestando a las flores,  haciendo que de sus pétalos  escape un olor de flor carnívora.
Pero la razón principal por la que así lo hayan bautizado es, lógicamente, porque sus calles están plagadas de regalos fétidos;  náuseas coloridas, sustanciosas, como pocas cosas aquí. Al principio se observan policromías de lo más interesantes, ocres, bermellón, rojos cresta de gallo, anaranjados, grises, incluso un llamativo verde acuoso, jadeíta. El paso del tiempo hace estragos en la peculiar decoración urbana que va ennegreciéndose poco a poco. El polvo, la polución y el esparcimiento ejercido por los caminantes la convierten en una fina película  de color pardo que se extiende  sobre la acera.
Lo que resulta insólito para quien visita el pueblo por primera vez es la desidia de los habitantes, pues todos sabemos que los vómitos son una característica típica de los pueblos, sólo una muestra más de la idiosincrasia moderna, relacionada directamente con la diversión e incluso  con la controvertida enfermedad del alcoholismo (esa que algunos consideran común en nuestro tiempo). Lo raro es que aquí nadie se molesta en soltar un cubo de agua sobre la mancha fétida, como suele ocurrir en otros sitios, ella se queda aquí hasta que se desintegra, lo mismo ocurre con esos trozos de mierda de los perros (que no son de la calle) y de algunas otras bestias bípedas, los cuales tardan meses hasta que  al fin se descomponen y se esparcen, graciosos e ingrávidos por nuestras cabezas. Igualmente curioso es el olor  a orina ácida que  reina en el ambiente.

Muchos habitantes de tan pintoresco sitio, no deben considerarse menos interesantes, aquí tienen lugar las conversaciones más edificantes.

En primer lugar tenemos esa sensación de levedad, esa poca importancia que se otorga a las personas y sucesos, el olvido es algo directamente relacionado con la mentalidad de los habitantes, resulta casi increíble la facilidad con la que pueden olvidar. Lo que para otros resultaría denigrante, insoportable, se pasa por alto con esa misma ligereza con la que discurre todo.
Quizá eso es debido a la segunda conducta  más observada en la forma de relacionarse: mujeres y hombres de todas las edades hacen gala de un elevado nivel educativo, al usar una amplia gama de improperios que usan de forma habitual  para referirse a los demás o estar en contacto con ellos. Podemos tomar cualquier escenario como ejemplo: la estación de tren, el supermercado, un bloque de pisos, la carnicería, la plaza, los estacionamientos, la oficina de correos, los restaurantes, etcétera. Como dice la célebre frase: el perico donde quiera es verde.
Quizá esa capacidad para cagarse en todo y todos, sea lo que les permite luego dar el siguiente paso, soltar amarras en lo relacionado con sus emociones.
Acerca de los sentimientos cabe decir que no podemos clasificarlos como sensibles, sino más bien como “enardecidos”, eso se observa en la poca frecuencia con la que se oyen declaraciones de amor, alabanzas, reconocimiento, agradecimiento o análisis. Sus ojos se incendian al lanzar alguna maldición, al parecer puramente surgida del odio.
El tercer punto que nos atañe en cuanto a su forma de comunicarse, es la voluntad que las personas parecen tener por interactuar. Los sujetos prefieren decir prácticamente cualquier cosa antes que quedarse callados. Esto da lugar a los diálogos más surrealistas que podamos imaginarnos. Muchas veces ni siquiera son palabras sino onomatopeyas las que vienen a llenar esos espacios huecos que se arrebatan al silencio. En esta categoría caben las obviedades, muchas veces las personas parecen darse cuenta de lo innecesarias que resultan sus observaciones, lo cual las lleva comúnmente a dejarlas ahí, colgando, inacabadas.
Podríamos ilustrar el presente informe con una infinidad de ejemplos dignos de incluirse en nuestros libros para su estudio, pero son tantos que resultaría una tarea interminable recoger muestras suficientes.
La desconfianza, la abulia, la ausencia de sinceridad, la envidia y las ganas de perjudicar a los demás parecen haber arraigado con más fuerza en la mayoría de habitantes, seguramente esto pueda explicarse por medio de su historia. El daño que la guerra ha causado aquí, es tal, que muchas veces, uno tiene la sensación que ésta todavía continúa, una lucha silenciosa, compuesta por intrigas, difamación y furia; una guerra fría.
Sin duda el dato más extraño obtenido por nuestros investigadores, fue que por cada diez mil habitantes siempre había uno en el que no se observaban ninguna de las características anteriores, ellos, quienes presentan un comportamiento  y  unas capacidades cognoscitivas perfectamente normales, intentan vivir al margen, se esconden, huyen. Es tanta la presión social que se ven obligados a vivir en el subsuelo, ocultos como cucarachas, por lo tanto es muy difícil agruparlos para su estudio, siquiera precisar de cuantos sujetos hablamos.
Por tanto decidimos terminar aquí esta introducción, solicitamos autorización para comenzar con la primera fase de la investigación, asimismo, abrir el siguiente archivo donde podamos incluir algunos datos sobre dichas  excepciones.



orquidea psicopata

martes, 16 de agosto de 2011

Sin sangre



Otra vez la lluvia. Otra vez el goteo incesante, lento y oblicuo de estas gotas mínimas, lluvia que no parece eso, sino vaho.
Esta es la forma en la que llueve  aquí, en el pueblito, las nubes se ennegrecen y vuelven las calles, todavía (cosa sorprendente) un poco más grises, el ambiente se encuentra tan cargado que el aire se convierte en lenguas húmedas, la ropa se pega a la piel, sus grilletes  aprisionan, la respiración se dificulta.
Caminamos de la mano hasta el bar, casi corriendo, el sudor se funde en un mar de líquido sobre nuestra frente. Dentro todo sigue igual, la cerveza, la pantalla de televisión que muestra videos  musicales que no coinciden con lo que se oye ¿o se escucha? Está noche suena una recopilación de rap, la vieja escuela. Las personas se congregan alrededor de la barra como yo, cerveza en mano. Gesticulamos incesantemente intentando hablar, como buenos carniceros del idioma, soltamos frases huecas y obviedades “Qué calor hace”  “la música está demasiado fuerte” como siempre, como siempre… lo importante es no oírnos ¿o escucharnos? Representar la comedia otra vez, aparentar que hacemos un esfuerzo, que forzamos la voz y hacemos señas, hasta que al fin, la carga es demasiado grande y nos rendimos. Centramos la mirada en el resplandor de la pantalla y movemos ligeramente la cabeza, o nos balanceamos despacio para marcar el ritmo.
El tic tac del reloj sigue marcando los segundos, dejamos escurrir otra noche de esta forma, mientras parpadeamos con los ojos llenos de humo y la cabeza hueca. Las manecillas marcan las doce, una pareja entra en el bar, los observo, los reconozco y ahora todo me parece falso, incluso la risa, los buenos momentos. Recuerdo las frases, rostros congestionados, sonrisas retorcidas, gestos malintencionados,  falta de sinceridad, un  silencio  ciego que lo envuelve todo.
Entonces el ambiente se carga un poco más, la insalubridad puede tocarse y yo todavía no reviento, no dejo que las pústulas se abran dándonos un poco de paz, el rabioso remanso de flotar en el pus, de ahogarnos, de abandonar la farsa. Pero sé que no pasará nada, nuestra lengua se moverá despacio una vez más para mascullar algo parecido a un saludo, a continuación llegarán las consabidas miradas transversales y otra vez la falsedad y la frialdad sonreirán por encima de nuestros hombros. Reiremos y afirmaremos en la medida que lo permita la música ¿o debería decir la distorsión? Comentaremos estas cosas típicas de las personas de nuestra edad, adolecentes de veinte y treinta años, frutas que brillan en plena fase de maduración. La culminación no ha de llegar nunca, pendemos de los árboles rompiendo las reglas de la naturaleza, no sólo escalamos para poder alimentarnos,  somos chiquillos malcriados que vivirán por siempre “la flor de la vida”, seres que retrasarán su crecimiento durante varias vidas, para seguir absorbiendo un poco más de sol,  sólo un poco más que tú, en esta carrera desenfrenada.
Creemos que aún sentimos “algo” gracias a nuestros problemas banales, aunque en el fondo sabemos que la anestesia resulta reconfortante.
Y otra vez estoy a punto de estallar, cojo el abrigo. No puedo respirar, te digo que tengo ganas de irme a casa, siempre tan hipócrita, murmuro algo parecido a una despedida y otra vez me siento una cáscara blanca.
Al salir el aire cálido golpea mi nariz, no huele a tierra húmeda sino a polvo y a putrefacción, el orín continúa cayendo poco a poco desde las nubes, alzo la cabeza y dejo que empape mi rostro, tengo ganas de gritar, de cerrar los puños.
Recuerdo lo que han dicho en el noticiero, “las personas deben tener especial cuidado con la lluvia y la brisa, durante estas semanas posteriores al 11 de Marzo de 2011 después de la fuga de Fukushima, pues las nubes podrían transportar partículas radiactivas” No quiero pensar en mí, en mi falso sufrimiento ni en todo el que alberga esta pequeña ciudad de Europa, no quiero pensar en esos niños, los de verdad (los verdaderos siempre serán otros) ni en el peligro invisible y certero. Si sirviera de algo ofrecerme a cambio de uno ellos, si pudiera evitar su sufrimiento…. Pero aunque se halla producido el daño, no lo sabré hasta dentro de mucho tiempo, cuando se me caiga el pelo o los dientes o quizá vengan los problemas en el funcionamiento de las glándulas;  Y dentro de algunos años no me servirá de nada, quiero reventar ahora. Cierro los ojos, asqueada de toda esta indiferencia, de las olas de banalidad que emanan de mi carne. Imagino mi piel  fundiéndose al contacto con el agua, veo humo emanando de las cuencas, soy una cascará hueca, sin sangre, donde sólo flota el olor penetrante del azufre. 
Al abrir los párpados te veo, por fin encuentro esa mirada de reconocimiento, te tomo fuerte de la mano y  caminamos presos hacia casa, tratando de escaparnos de la lluvia.


orquidea psicopata

jueves, 4 de agosto de 2011

Madre




El sol aguijonea la piel de los transeúntes. Salta sobre nosotros como un niño caprichoso esgrimiendo pequeñas agujas. Los puestos de helados  de color  azul o rojo rompen con la monotonía de los edificios grises.
El verano es una explosión de color que transforma todo. El termómetro marca treinta y seis grados, chorros de sudor brotan de mi frente, el paseo no es agradable, el lugar no es agradable.
Una sonrisa aparece de pronto, salta hasta mis ojos. Es una de esas risas limpias, francas, que se trasmiten por contagio. La pequeña lleva sandalias, sus piernas son más anchas que largas, es bajita y redonda, refulge como una esfera. Observo su vestido de color pastel con dibujos de osos, y la cinta de color rosa que adornaba su cabello, es una nena hermosa, como tantas otras, de pelo castaño cortado a la perfección sobre los hombros. Pero su mirada me recordó a esos otros niños, a los de verdad, a los que lloran de veras y de veras ríen, a esos que no son de plástico.
Sus pupilas centellean,  lanzan destellos a su alrededor, tiene la vista fija en un cartel de colores que anuncia los precios de los helados.
La visión duró sólo un segundo, cuando la alegría estaba en su momento álgido, justo cuando la manita se cerró para aprisionar el cono, llegó a mí la siguiente frase “Ahora te pones mala y te rompo la cara”. Se opacó el brillo, sólo la mueca se quedó ahí, muerta, rígida. El resplandor se elevó por los aires y se esfumó.
Dediqué una mirada breve a los tacones, al bronceado perfecto, a la falda corta y al brillo de los labios, al rubio platino recién teñido de esa madre y comencé a caminar más rápido, para huir de esa náusea dorada que se reveló ante mí como una  visión de futuro.


orquidea psicopata

El gato

La Coordinación de Juventudes Laicas tuvo a bien presentar un programa de citas ante la creciente dificultad de sociabilidad humana y ...