martes, 29 de marzo de 2011

Planeta Zobi


Una de estas noches en las que permanecía dando vueltas en la cama durante horas, me sucedió algo sumamente extraño, una sensación me hizo abrir los ojos. Entonces surgió del techo una burbuja de aire que transportaba a un ser pequeño. La burbuja se posó sobre mi estómago, se rompió y el pequeño comenzó a hablarme. Comprendí que me encontraba en uno de esos sueños que se producen en la duermevela y que se confunden con la realidad. Me dijo que necesitaba refugio pues su vida corría peligro en ese país lejano del que procedía. Me encontraba sumido en un sopor extraño y cálido. Owi, como dijo llamarse el visitante, comenzó a  explicarme las cosas que según él, eran sumamente raras y que todavía hoy ocurrían en su planeta. Dijo que el planeta era grande y vasto, con  amplias extensiones de tierra, llanuras, selva, desiertos y enormes mares. Continuó contándome que los habitantes del planeta se hallaban separados en grandes bloques de tierra, ahora eran cinco, pero se había separado y reagrupado muchas veces a lo largo del tiempo. La palabra continente brotó de mis labios, él asintió con la cabeza. Dijo que su mundo era tan raro que a pesar de que cada uno de los bloques tenía la riqueza necesaria para prosperar, había zonas llenas de hambre y miedo, azotadas por la guerra y las enfermedades. Mientras “los otros” siempre permanecían impasibles. Él pertenecía a Cameria. Había sido conquistada y saqueada, sus culturas habían tratado de ser exterminadas como fueron arrancadas todas las flores, esas eran cosas que gustaban de hacer los hombres blancos. Incluso ahora, tantos años después el norte dominaba al enorme sur. Owi era de piel color granate, oscura y brillante, ese era un rasgo que los caracterizaba, hinchó su pecho con orgullo, y luego dijo que algunos, gracias a ello los consideraban inferiores genética, física y mentalmente.  Aún quedaban culturas como a la que él pertenecía, que buscaban la armonía con la madre tierra. Luego estaba Luripa, uno de los continentes más viejos, ricos y seguros.  Cerca de ahí estaba Orompo el continente gris, los hombres grises siempre habían sido menospreciados, la aparente cultura y civilización de los demás países no impedían que se les atribuyera, gracias a su color de piel, cosas como la maldad y suciedad innatas, algunos incluso sugerían que  su color estaba asociado a la innumerable cantidad de enfermedades que los azotaban. Sisia estaba llena de colores, de aromas deliciosos y de rezos, pero había también un prejuicio para ellos, se les atribuía la violencia, los demás consideraban  absurdos conceptos importantes para ellos como el honor y la obediencia. Yama era el último, el más desconocido, el menos poblado, aquí no había ninguna opinión generalizada, tal era su desconocimiento.
Dijo que había viajado hasta aquí, hasta este planeta lejano del que nada sabía, porque necesitaba ayuda para refugiarse, para brindar un lugar seguro a toda la gente que quisiera huir de aquel infierno. No podía soportar más que su vida estuviera dirigida por tiranos que asesinaban cada día a miles de seres sin que nadie pudiera detenerlos. No podía seguir llenándose los bolsillos de esa indiferencia que le roía cada noche, tampoco podía ya soportar la culpa, esa que le quitaba el sueño por las noches, esa que le obligaba a buscar soluciones para los animales del agua, a quienes recogía cada vez con mayor frecuencia, los llevaba hasta su casa, hacía los mismo con los animales del viento que merodeaban dentro de su hogar, incapaces de salir a respirar ese aire pútrido, a veces los sorprendía mirando por las múltiples protecciones de las ventanas, con ojos enrojecidos. Owi calló de pronto. Le dije que provenía de un mundo muy parecido al nuestro pero él era más afortunado, por su valor de salir a probar suerte, su posibilidad de hacerlo y por lo claro que podía verlo todo. Le deseé suerte, quizá en algún otro planeta lejano encontraría el refugio y la posibilidad de vislumbrar un nuevo horizonte. Nunca más volví a verlo. Se alejó con una sonrisa triste, transportado de nuevo por esa burbuja de aire. Los primeros rayos se filtraron por las persianas. Lo envidié secretamente, yo también deseaba huir, deseaba encontrar alguna puerta abierta. Cerré lo ojos y volví a sumirme en ese sopor angustiante y cálido.

Dacrifilia

Su  cuerpo se desfragmenta en millones de gotas, se expande. Fuma. Su mirada se pierde en la salinidad marina que empapa el territorio de los sueños. Llueve, el sonido la remonta al recuerdo de una noche en que el frío manaba de la oscuridad. La negrura la absorbe. Cierra los ojos, él esta junto a ella, le habla pero ella  ya no le oye, permanece lejana, pequeña y ausente como un sueño. Percibe  en los labios  el sabor del cálido líquido que escurre por sus mejillas, semeja belfos esparcidos por  la piel.
Ahora, es  imposible hacer manar esas partículas salinas, ingrávidas y tibias. Su lacrimal  esta reseco y pútrido como su corazón.  Alrededor nada es estático. Temblor, movimiento. Todo gira. Ella se aferra al dejo del recuerdo.

 -Ayer me he cortado para ver si todavía siento-.

 No escucha lo que él  responde, se limita a observarlo, lo mira con los ojos secos, etarios, asustados ante este gesto de suplica. Reconoce la escena, anticipa el final, conoce esa actitud, esa mirada. Entorna los parpados y evoca la imagen de él frente al espejo. Cristales pequeños corren por sus pómulos. Las manos entrelazadas sobre el rostro,  en ese absurdo rictus de pudor perece querer cubrir ese tesoro, ocultar el cuarzo que danza a través de sus pupilas azules, surcos diminutos, acuáticos, gráciles. Porciones pequeñas de glucosa, proteínas y sodio. Secreción preciosa, azucarada y  lípida. Una sensación apacible y placentera surge a través de ellas. Suave estremecimiento que anida en el remolino de su vientre, calor que escurre en su entrepierna. Sonríe, él le da la espalda. Ella lo abraza, toma su rostro entre sus manos, acaricia sus ojos, huele la sal que habita en ellos. Degusta ese licor humano, absorbe la humedad  embriagante que es su llanto. Lame sus globos oculares, coloca con suavidad la punta de su lengua sobre su córnea. Él permanece, se deja hacer, se retrae, siente la venenosa intensidad de esos labios, dulcemente lascivos, obsesivos y asfixiantes. Ella fluye a través de esos diamantes diminutos que escurren de él, que nacen para ella.

Lo haces perfecto – susurra- adoro tu capacidad histriónica.

Él sonríe, la mira entre su llanto. –

El sexo es una flor acuática, un ojo metálico que atiza las llagas con dolor y placer indescifrable –dice.

Ambos obtienen lo que necesitan fundidos en la humedad de su boca macerada en lágrimas.




orquidea psicopata

Abro los ojos




Abro los ojos. No estoy segura de que esto sea la realidad. Mis ideas penden de una telaraña. Tiemblo, hace frío, mi rostro esta mojado de sudor. Una extraña sensación me embarga. Las imágenes son nítidas como fotografías. Las sensaciones aun queman mi cuerpo. ¿Fue un sueño o un recuerdo?
Flotaba, invadida en una tibia suavidad, descansando en líquido amniótico, en un útero azul. Los sonidos me acariciaban al tocar las paredes que me cubrían, nada hubiera podido perturbar mi sensación de bienestar, la calidez de no sentir mis venas expuestas.
De pronto el azul se tornó negro, sentí que me asfixiaba. Insectos se colaban por mi boca, penetraban mis oídos, escarbaban mis poros. Pude sentir sus alas atravesando mi garganta, bajando por mis intestinos y mi útero. Pude sentir como invadían mis órganos, la voracidad con que carcomían mis tejidos y músculos. Un estridente zumbido lo ha inundó todo, quise gritar,  alejar el dolor que me causaban, fue inútil, estaban hambrientos y ávidamente desgarraron mis entrañas.
Mi piel permanece intacta, tal vez sienten repulsión por la piel, por dentro me disuelvo en saliva acida. Los cortes de sus dientes y tenazas son perfectos, artísticos. No sangro, no hay evidencia alguna de que me habite una multitud  carnívora, soy una cáscara blanca. Abro los ojos, en ellos arde el vacío,  mis pupilas dilatadas son un pozo de sangre. Estoy vacía, me han dejado vacía.

orquidea psicopata

sábado, 26 de marzo de 2011

La cueva de Ana

Ana llegó a casa cuando tenía nueve años. Su abuelo la había inducido a nuestro territorio un par de años antes. Entonces sus visitas eran esporádicas. Nos elegía fijándose solamente en el brillo de nuestros colores. A partir de su llegada comenzó a deslizarse con una frecuencia inusitada por nuestros lomos. No rechazaba a ninguno de nosotros, Aspiraba con fuerza al deslizar la llave del armario despacio, se tardaba en llegar hasta nuestra piel. Lo mismo le daba que uno hablaba de pájaros, del gótico o de un viejo y el mar. Sus manos se acostumbraron tanto al tacto rugoso de nuestras hojas que empezó a llevarnos con ella a todas partes. Primero nos llevo hasta su habitación, que al principio nos pareció demasiado fría, sin espacio para nosotros. Luego comenzó a llevarse a alguno de nosotros en el bolso, nos mareábamos un poco pero nos sentíamos pájaros. A veces nos depositaba en otras manos, pero siempre volvíamos a la cueva de Ana, a sus certeras caricias, al ruido incesante de su habitación. Nos acostumbramos a su familiaridad, a su cuidado al alisar nuestras hojas, al pegar nuestras solapas. Nos acostumbramos a sobrevivir a la violencia de sus lecturas, armada siempre por un lápiz y separadores intrusos que nos invadían como una horda de colibríes.
Aquí dentro la luz no cabe, el polvo se deposita sobre nosotros en una fina capa, la humedad nos va pudriendo despacito. Ana no vuelve, la caja de cartón es demasiado fría y en verano demasiado cálida. Nos preguntamos si Ana nos extraña, nos preguntamos si volverá, algunos pierden la esperanza. Yo creo que sí, al recordar la alegría que emanaba de sus rostro al recorrernos con las manos, pienso incluso que ella debe estar en un espacio parecido sin el tacto de nuestras hojas, un lugar húmedo y frío del que emergerá trayéndonos nuevos hermanos en sus maletas cargadas de libros.


orquidea psicopata

martes, 1 de marzo de 2011

La derrota



No necesito un hombre oscuro para mostrarte todo el vértigo del mundo. No necesito un hombre amargo que me ayude a explicarme al dios de la derrota, Sólo el fracaso amanece y se derrama, se escurre fuera de tu boca pero no escapa. En tu interior resuena un sonido metálico, hueco y duro. El olor que emanas al despertar pudre tu reflejo. Olvidas la noche, la historia, el arrepentimiento. Pero sigues, sólo eso, sólo eso…
orquídea psicópata.


Pintura: Las botas,  1886, Vincent Van Gogh

Hombre



Es tan ácida tu claridad
Que incluso tu boca
Despide un tacto de roca.

Es tan ácida tu claridad que
Los poros de tus manos
Solo sienten la roja patria,
La roja angustia,
Desprendida a medias de tus ojos.

Es tan ácida la oscuridad de tu boca
Que busco huir
De ese sonido desnudo,
Que brota de tu azul venganza
Y lo impregna todo
De esta textura de azufre y llanto. 

orquidea psicopata

Pintura: Eco por un grito, 1937, David Alfaro Siqueiros.

Sardinas y trenes



Detesto las miradas que escudriñan, que hacen un balance de cada pieza de mi armario, analizan las manchas, la suciedad, detectan los botones mal cosidos, el color gris de los puños.
Hoy he escuchado “te voy a culturizar” detesto la expresión, no la usaría nunca, ni de broma. Si perdemos la seriedad de nuestras palabras perdemos credibilidad. Nuestra vida se convertirá en un mal chiste, en una frase absurda. Detesto la música banal “ponme un tercio, uno cincuenta, esto es un robo”. Los críticos dirán que esto es denuncia, que es una voz urbana. Creo que es paja, frases hechas, convencionales, que se unen una a otra y forman un enorme todo, una gran pérdida de tiempo.
Odio el chillido de los trenes al llegar a la estación. Veo desde arriba mi propia imagen; soy una mancha de color pardo. Corro, me enredo, me esfumo en la enorme masa móvil, me fundo. Miro hacia adelante, avanzo, es imposible huir esa masa uniforme, esta masa de carne. Sudo, subo el volumen del reproductor de música. Cierro los ojos, sólo un segundo, resulta tan difícil evocar desde aquí el color verde, pienso en fibras verdes, en dejar de ser gris, en huir del gris.
Llega la prisa, la gente que grita y empuja, que contribuye a la solidificación de la enorme lata de sardinas. Miran al suelo lleno de puntos negros, rojos y grises. Nunca los rostros.
Me enfurece el movimiento repetitivo de la gente que engulle patatas fritas, una a una, una a una. Quiero inmunizarme, sin prisa ni angustia, sin furia, sin ira ante los comentarios absurdos, ante la levedad con que se tratan las palabras.


orquidea psicopata

El gato

La Coordinación de Juventudes Laicas tuvo a bien presentar un programa de citas ante la creciente dificultad de sociabilidad humana y ...