sábado, 19 de febrero de 2011

El ángel


“Y era el demonio de mi sueño,
El ángel, más hermoso.”
Antonio Machado.


Te conocí en una habitación clara. Las paredes eran casi rosas. Tu piel era  cetrina, tu pelo estaba hecho de ceniza. Estabas moreno de sol. Tu fragilidad, tu palidez morena me invitaba a acariciarte.
 Dicen que los demonios huelen a azufre, pero tú olías a aceituna. Debí interpretar ese signo como una sombra, como una cualidad oscura de ese ser gris que fuiste, esa mancha en la inocencia que todavía conservaba. Esa sala pequeña de paredes cálidas y sillones grises fue el testigo silencioso de lo que no dijimos, de lo que no pasó. Fue mi madre quien me arrojó hasta ahí, fueron las clases de guitarra con tu hermana. Creí que nos unía la música, creí que nos unía la pasión. Irene se dio cuenta desde el primer momento, no era difícil notar la turbación que causabas en esa niña regordeta. La saliva se volvía costra en la garganta y no podía hablar, tú siempre mirabas de reojo. Mis trece años saltaban dentro de mi pecho. Mis trece años se colocaban sombra azul sobre los párpados y gruesas capas de rímel y relleno de algodón en el sujetador. La ropa continuaba siendo holgada, como la tuya, como la de toda la gente de nuestro alrededor. Ahí se escondían las caderas que brotaban, la carne que se escurría por el estómago, por los brazos. Pero tú permanecías indiferente, impasible ante mis defectos, ante todas las cosas monstruosas que formaban mi reflejo. Indiferente incluso cuando comencé a regalarte mis poemas, escribía cuadernos enteros pensando en las pocas veces que podía verte, interpretando cada gesto como un símbolo mágico.
“herida de espina de rosa,
 Penétrame,
Hazme el amor en la cruz
Cánsame de una historia sin final”
Los versos se escurrían ante tus manos insulsas, decías que no te gustaba la poesía, que no podías entenderlos. La sonoridad de la máquina de escribir con la que los pasaba “en limpio” para ti, sonaba amarga. Irene sí los disfrutaba, siempre pedía más. Pero los versos eran para ti, no podías reconocerlos bajo la gruesa capa de carmín, bajo la enorme necesidad que tenía de que me quisieras. No podía conformarme con este amor que podía llenar mi mundo de palabras, que me llenaba de un ardor desconocido hasta entonces por mi cuerpo, por mi piel. Necesitaba compartirlo, que lo hicieras tuyo. Pero no fue a mí a quien inundaste, primero fue a Yesenia, la niña rubia y alta, sin carnes, sin cuerpo, con esas largas piernas y esa virginidad horadada por todos, por ti también. Luego fue Silvia, su nariz achatada, sus ojos juntos, sus piernas flacas y esa zona entre sus piernas que permanecía mojada eternamente y que te permitió a ti como a tantos otros llenarla durante un rato de insatisfacción. Incluso me hizo saber el color de tu ropa interior, incluso la vi llorar cuando meses más tarde recordó que el condón se había roto. La vi llorar porque era el tercer aborto de sus 18 años. Sí, el tiempo había pasado, aunque yo sólo tenía 15, la carne seguía escurriéndose por mi cuerpo, la piel continuaba sobrando. El rímel de miel seguía tratando de volver mis ojos aún más grandes, de resaltar lo único que realmente reconocía como parte de mi cuerpo, mi rostro, quizá las muñecas, los huesos de las clavículas que resaltaban en mis hombros. Mi círculo ahora era otro, ahora las faldas cortas me seguían siempre, jugaba a que alguien le gustaran esas piernas, pero ningún valiente había llegado para calmar el fuego. Ese que provocabas tú, seguías siendo  sol. Incluso aparecías en los sueños que me hacían vivir dos vidas, eran una especie de historieta que continuaba a la siguiente noche. En mis sueños me querías, vivíamos juntos en una habitación de paredes azules, la música no cesaba nunca, no cesaban los besos, las caricias, en mis sueños mi vientre crecía regado por ti. Tan dañino eras, tan ponzoñoso que me impedías descansar, alejarme. Permanecías oculto, mío. Aunque sólo te viera de vez en cuando, cruzar alguna acera, caminar hacia tu casa, bajar del autobús. Yo siempre cogía la misma ruta, procuraba seguir el mismo horario esperando que el milagro se produjese que pudiéramos hablar de nuevo, aunque dijeras que no entendías, aunque mis poemas siguieran sin gustarte. Pero el tiempo de las fiestas se había ido, esa en las que me tomaste de la mano, donde nos sentamos sobre el suelo sin hablar, donde sentí que por fin me habías mirado, donde creí que habías estado a punto de besarme. Pero el milagro no ocurrió, así que decidí forzarlo. Llegué a tu casa demasiado pronto, Irene me había dicho que los sábados salías tarde de casa. Comeríamos ahí, tu hermana había olvidado un ingrediente, el pretexto era infantil y absurdo pero fue así. Contábamos con una hora solos, una hora para contarte todo lo que sentía, usé un lenguaje simple, sabía que lo preferías, el lenguaje en el que nos ocultábamos, te hablé como a un amigo. Mi mente no podía soportar la posibilidad de una negativa. Te dije que me gustaría salir contigo, conocerte, compartir cosas, momentos, ser tu chica. Tus dedos pálidos dejaron la guitarra, se agitaron nerviosos y cogieron la flauta  para desarmarla y volverla armar. Yo había ensayado tanto el movimiento de mi lengua cuando te besara, había ensayado tanto las palabras, las había pulido, llevaba la blusa roja de encaje  y licra, el escote en el pecho dejaba ver los pechos redondos que ahora ya no necesitaba aparentar. Nervioso, dijiste que yo era muy pequeña, que no podías hacer eso. ¿No podías hacer qué? Compartir tu tiempo conmigo, darme un poco de ti. Dejé que el tiempo se escurriera, ahora tenía la certeza de que no era mi edad lo que me separaba de ti, sino mi físico, te habías acostado con mis compañeras de colegio, la niña rubia tenía los mismos años clavados en los muslos. Intenté echarte pero te quedaste, estabas ahí cuando llegó el primer hombre con la certeza de que sino podía ser querida quizá al menos pudiera ser gozada. Estabas ahí cuando llegó el segundo lleno de palabras dulces, de intenciones de llevarme a la cama, de llevarme hasta su sexo flácido, esa flor desde la que reías oculto, diciendo que el deseo también se me había negado. No había vuelto a verte hasta los 17, justo esa noche, justo después de todos los tequilas. Cuando la conversación que había ensayado tantas veces ya se había esfumado. Acercarme hasta ti sin saludar, y comenzar soltando las palabras como disparos en ráfagas certeras que por fin me dejaran respirar. “No debí enamorarme de ti. No debí dejarte hacerme daño. No debí creer que eras distinto, eres superficial,  cruel. Te sepultaré en la arena de mi olvido y algo te dolerá muy hondo, aunque no sepas, porque conmigo se cierra una posibilidad, se pudre todo el cariño que un día mis pocos años guardaron para ti. Se pudre un amor tan puro que hubieras sido incapaz de percibir”. Cuando abrí los ojos ya estabas frente a mí, de mis labios salió un “hijodeputa” que te hizo sonreír con una mueca oscura. Te acercaste un poco más, rozaste mis piernas con las tuyas, tocaste mis labios y me hundí. No hubo fuegos artificiales, no hubo fuegos fatuos. La nada se hinchó sobre mi pecho. La nada. No sentí nada. De mi boca brotó otro “hijodeputa ¿Por qué me besas? a ti te gustan flacas” otra sonrisa fúnebre llegó a tu cara. No eras luz, no eras nada de lo que alguna vez yo te había creído. Yo tampoco era la misma niña triste, la misma niña que lloraba bajo el agua, que hacía cortes confusos sobre su piel. Tuvo que ser entonces, me tenías en tus manos vociferando como una perra loca, mis lágrimas comenzaron a brotar, me fui limpiando de todo el odio, brotaron insultos contra ti. Te alejaste despacio, sin decir nada. Pero sobre todo hubo insultos para mí. Para el mundo, para la vida, para la nada cotidiana que me había roto. Mis labios se limpiaron en los más cercanos, los de Alcira, que intentaba consolarme. Al día siguiente todos en el pueblo conocían la historia de la lesbiana loca. Al fin logré romper con el hechizo, pero sé que el demonio de mi sueño era el ángel más hermoso.
                                                                                
orquidea psicopata


Pintura: Eros y Psique, William Buguereau.

martes, 25 de enero de 2011

Infierno




Cuando terminaron de coser mis labios con el cierre metálico el ardor se suavizó, mi cuerpo de trapo ya no dolía, estaba ahí, sumido en la laxitud del sueño eterno. No escuchaba los latidos de mi corazón, la saliva se negaba a formarse en mi garganta, ningún músculo se dignaba a responder. Sólo mis pensamientos martilleaban ruidosos. Mi cabeza ardía.
Contemplaba la escena en blanco y negro, desde arriba, ahí estaban las mesas, estabas tú, el libro de poesía, la taza de café formando círculos concéntricos, la estantería, el tocadiscos con la aguja a punto de caer. Una voz en off me dio la bienvenida
­El infierno es esto   dijo. El instante  se repite eternamente.
El eco llenó mis oidos durante un minuto, y otro, y otro, y ...
No podía gritar, no podía huir, la aguja parecía estar a punto de caer, a punto de romper la monotonía, tus labios parecían a punto de emitir algún sonido, tu lengua  se mostraba pesada, perezosa al fondo de tu boca.  Nada ocurría, nada que rompiera el lamento de esa última “e” que se metía más dentro, vaciándome, cada vez más hondo, más lento, más. Hasta hacerme estallar, hasta dejarme en silencio, hasta herirme.

orquidea psicopata

Tu cabeza rodó sobre la alfombra


El nenúfar que asfixiaba mi pecho crecía sin medida, lanzaba dentelladas furiosas. La angustia mancho los muros con exhalaciones de color rosa. Sentí miedo, busque tu mano. Tu cabeza rodó sobre la alfombra, las pastillas se escurrieron del frasco caprichosas entonces la corbata me mordió.

Improvisación hecha a partir de la frase: entonces la corbata me mordió, en Diablos Azules.


orquidea psicopata

martes, 11 de enero de 2011

El café Infierno




Cuando abrí los ojos ya estaba en el café. La primera sensación extraña fue la de contemplar la escena en blanco y negro, pensé que quizá me había vuelto perro y observaba apoyada en cuatro patas. Intenté localizar un espejo, aunque no recordaba haber visto ninguno en días anteriores. Apenas había comenzado cuando la estantería me distrajo, el mueble viejo era el de siempre,  las mismas puertas de vidrio fino, pero hoy no guardaba libros y revistas. Sus puertas abrigaban a cientos de muñecos. Eran pequeños, estaban hechos de tela, su ropa contenía combinaciones infinitas. Su rostro estaba en blanco, no tenían orejas, no tenían ojos, pero mostraban claramente que no se trataba de un descuido, podían verse los labios debajo del cierre metálico que estaba cosido sobre ellos. Me alejé de prisa, preguntándome como había podido adquirir esas dimensiones colosales, la torre de muñecos ascendía hasta el infinito, hasta esas luces blancas y brillantes que me hicieron entrecerrar los ojos.
Entonces vi las mesas redondas y pequeñas, la vela encendida sobre ella como cada día, la inestabilidad de las patas de las sillas, su incomodidad… pero todo  parecía haber crecido sin medida ¿quizá era yo quien había mermado?
Cerré los ojos, me esforcé en concentrarme, mi cuello comenzó a deslizarse, a lanzar mi cabeza hacia arriba, tan alto que pude ver la imagen desde el techo. Así desde arriba, en vista aérea, te reconocí. Ahí estabas con el sweater grande, con el pañuelo anudado alrededor del cuello, sostenías como siempre el libro entre tus manos. Incluso estaba ahí sobre la mesa el trozo de tarta de manzana.
Tus labios se movieron lentamente y entrecerrando los ojos repetiste:
 “El amor es el silencio más fino, m-a-as fin-o-o, fin-o-o.”
El eco crecía, destrozaba las palabras, las deformaba en vocales con vida propia.
Entonces me di cuenta de que mi cabeza descansaba sobre las luces de neón. De nuevo hice un esfuerzo, cerré los ojos. La habitación comenzó a girar. Mi cabeza se acercaba con movimientos circulares, mientras yo intentaba guardar esa escena en espiral, esa visión de trescientos sesenta grados. Por fin estaba ahí, sobre la silla, frente a ti, frente al libro de poesía. Sentí que la tarta olía a carne, a grasa quemada, percibí ese olor de sangre ahumada, un olor ligeramente dulce. Intenté abrir los labios para decírtelo, para decirte que hoy todo era sumamente extraño, para decirte que quiza me habia despertado concabeza de perro, pero que el pay de manzana oliera a res era impensable. Me esforcé en vano, la garganta me ardía . De mi boca no salió ningún sonido.
 Te miré con desesperación. Mientras decías:
“Los amorosos son locos, sólo locos, s-o-l-o-o  l-o-o-c-o-o-o-s.”
Mi cabeza comenzó a girar de nuevo, sin que pudiera ejercer ya ningún tipo de control. Escuchaba tus frases entrecortadas
“sin dios ni diablo, llorando porque no salvan al amor… encuentran alacranes bajo las sábanas, en la oscuridad abren los ojos… no encuentran, buscan… y les cae en ellos el espanto. Juegan el largo, el triste juego del amor… si se duermen se los comen los gusanos”
De nuevo hice un esfuerzo en vano por gritarte, decirte que quizá tenían razón los que decían: que el café “infierno” no era un sitio bueno, que el ambiente estaba cargado de incienso, de hambre y de deseo, que la penumbra era mala compañera. Pero corromper de esa forma el poema de Sabines era imperdonable. Quería que dejaras de leer. A mi mente subió una furia ciega, entonces la aguja del tocadiscos se detuvo, repitiendo la nota de Billie Holliday  una y otra y otra vez. Tu lengua dejaba caer las palabras con pesadez mientras repetías lentamente
“s-o-l-o-  l-o-c-o-s,  s-o-l-o   l-o-c-o-s”
Sentí que un miedo frío me recorría, y una mano avanzaba hacia mi boca, tus ojos fijos en el café sin terminar no la veían, no veían mi callado grito de desesperación, mi grito agudo, en silencio, doloroso, mientras cosían ese cierre metálico sobre mis labios y mi cuerpo se disolvía despacio, despacito, dejaba de doler, se aguaba.


orquidea psicopata

domingo, 19 de diciembre de 2010

Lago de menta

Acércate una vez más
Quiero oír tu chillido violeta
Deslizarme una vez más
En tus pupilas de reptil.
Sabes que tu aliento me vuelve fuego,
Pero esta noche quiero huir.
Vuélvete pequeño,
Transporta un trozo de hielo hasta mi espalda y
Gotas azules y
Niños ahogados en un lago de menta…
Piérdete en mí.
Seamos lluvia.



orquidea psicopata

Soy



Mi tristeza no se desprende del ala de un pájaro,
Mi piel despide un olor ácido
Como ácida es mi boca al despertar.
Estoy hecha de barro y sal.
No resplandezco, soy.

Porque nací desnuda
Mis lacrimales no segregan un líquido azul
Porque hablo desde mi centro, nazco, me reproduzco.
No resplandezco, soy.

Mi tristeza se despliega desde el ala de un pájaro,
Macero mi carne en sangre y pan,
Me desprendo de mí,
Caigo,
Respiro mi olor a canela, mi humedad.
No resplandezco, soy.


pintura: Modigliani

orquidea psicopata

Azul verano

Azul verano
El verano se acercaba trepidante como un hombre oscuro, como un lomo desnudo. Actuaba con violencia innecesaria, se deslizaba por debajo de nuestra ropa y dejaba la carne oscurecida, amoratada, incluso nos dejaba un dolor de pies, de venas hinchadas. Entonces todas eran noches estivales, la sangre se encendía en los tejados y se extendía el rumor azul del vino. Los niños lloraban, gritaban, las voces se alargaban hasta el amanecer, mientras el verano seguía penetrándonos, obligándonos a lucir la humedad de nuestra ropa.
Era un estallido de luz, de azul de playa, una visión nocturna, una ola de carne que se asomaba, transparentaba o aparecía incluso en el clamor de los pechos respingados y desnudos. Nos agotaba. Hasta que su ardor de amante se alejó, dejando tan solo un eco de hojas, un camino de hojas, un ruido de hojas. El color amarillo, deslavado, corrompido de las hojas y un soplo de viento en el corazón.




orquidea psicopata

Pintura: Azul, Harold López Muñoz.

El gato

La Coordinación de Juventudes Laicas tuvo a bien presentar un programa de citas ante la creciente dificultad de sociabilidad humana y ...